familiarSolo vos
El silencio de mi padre
Mi padre Antonio era un hombre de pocas palabras. Trabajaba de contador en el molino de Tacuarembó y volvía a casa cada tarde a las siete con el diario bajo el brazo. Se sentaba en el sillón de cuero del living, abría el diario, y leía. No es que no nos hablara: nos hablaba cuando hacía falta, lo justo. Cuando algo lo conmovía, hacía un gesto con la mano, una especie de movimiento corto, como espantando una mosca, y eso quería decir muchas cosas distintas.
Una vez, yo tendría doce años, lo encontré llorando en silencio en la cocina. No me vio entrar. Estaba sentado de espaldas y le temblaban los hombros, sin ruido. Yo me quedé ahí, parada en la puerta, sin saber qué hacer. Cuando él se dio vuelta y me vio, hizo el gesto de la mano. "Está bien, dejá", me dijo. Y eso fue todo.
Nunca supe por qué lloraba. Murió en el dos mil quince y todavía no sé. Pero a veces, cuando alguno de mis hijos está mal y no me cuenta, hago el mismo gesto sin darme cuenta y entiendo a mi padre por primera vez.
Gente
Comentarios
- CR
Carmen Risso · Amiga del liceo
A mi padre tampoco lo entendí entero hasta que se fue. El tuyo y el mío hablaban distinto el mismo silencio.