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Primer día en el liceo Bauzá

El liceo Bauzá quedaba a quince cuadras de mi casa y yo iba a pie con el guardapolvo blanco que mi madre había planchado tres veces el domingo a la noche. Tendría doce años, casi trece. La cuadra de la entrada estaba llena de chicas que se conocían entre sí del año anterior y yo no conocía a nadie, eso me parecía la peor parte, peor que las cuentas o que el examen de ingreso. Me senté en el primer banco que encontré libre y abrí el cuaderno marmolado para hacer algo, lo que sea, mientras esperaba. Carmen llegó tarde. Llegó tarde el primer día y llegó tarde casi todos los días de los seis años de liceo, y eso ya hablaba de quién era. Se sentó al lado mío sin preguntar y se acordó de que no tenía birome. "¿Me prestás?", me dijo. Tenía dos. Le di la mejor. Le pregunté de dónde venía y me dijo "del Cordón también" y entonces ya éramos casi amigas. Esa primera mañana no aprendimos nada de matemáticas, la profesora nos hizo presentarnos una por una, como si fuéramos algo nuevo cada una, y la mayoría dijo cosas obvias: nombre, edad, escuela donde había venido. Carmen, cuando le tocó, dijo que su pasatiempo favorito era "molestar". La profesora no se rio. Yo sí, pero por dentro. Volví caminando con Carmen hasta la calle Constituyente, después cada una agarró para su lado. No me había dado cuenta de que tenía la birome todavía hasta que me senté a la mesa en casa. Mi madre me vio dudar y me preguntó qué pasaba. Le dije que le había prestado una birome a una chica nueva y no me la había devuelto. "Mañana te la devuelve", dijo, sin levantar la vista del puchero. Y tenía razón. Pero también tenía razón otra cosa que no dijo: que esa birema iba a volver, y la chica también, todos los días durante cuarenta y cinco años.

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Comentarios

  • CR

    Carmen Risso · Amiga del liceo

    La birome. La maldita birome. No te la devolví y me la quedé como recuerdo. La tengo en una caja en mi escritorio. Ya pasaron cuarenta y cinco años, me parece tarde para devolverla.