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Examen de ingreso al IPA

El día del examen de ingreso al IPA mi padre me llevó. No le pedí que me llevara, lo decidió él, sin anuncio. A las siete y media de la mañana ya estaba con su saco gris y los zapatos lustrados, parado en la cocina, leyendo el diario como cualquier día. Cuando salí del baño me dijo "te llevo" y yo dije "está bien". Fuimos en el ómnibus 124. Subimos en Maldonado y nos bajamos en Soriano. En todo el viaje no me dijo nada. No es que no me hablara, me hablaba si yo le hablaba. Pero él entendía, sin que se lo explicara nadie, que en el viaje a un examen no se le habla a la persona que rinde. Yo iba con el cuaderno en la falda, leyendo apuntes que ya no entraban, y él iba leyendo el diario al lado mío como si fuéramos dos personas distintas que casualmente compartían el ómnibus. Cuando bajamos, caminamos hasta la puerta del IPA. Había chicos por todos lados, chicas más bien, muchas con la madre. Yo iba con mi padre, que era una rareza visual. En la puerta él se paró. No me abrazó ni me dijo "suerte". Me miró, hizo el gesto de la mano, el suyo, el que después yo iba a hacer también sin darme cuenta, y dijo: "Está bien. Andá." Adentro me fue bien. Aprobé. Me acuerdo más del viaje en ómnibus que del examen. Cuando salí, dos horas después, mi padre estaba parado del otro lado de la calle, con el diario doblado bajo el brazo. Cruzó la calle hacia mí, no lo contrario, y me dijo "vamos a tomar un café". Era la única vez en mi vida que me invitó a tomar un café fuera de casa. Yo tenía dieciocho años. Me llevó a una confitería en Yi y Soriano, pidió dos cafés con leche y dos medialunas. Cuando los trajeron, levantó la suya hacia mí, no como un brindis, más bien como un saludo distraído, y empezó a leer el diario. Yo me tomé el café con leche en silencio, mirando hacia la calle, agradeciéndole sin decírselo.

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