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Última reunión de coordinación

La última reunión de coordinación que me tocó fue en marzo del veinticuatro. Yo ya tenía la jubilación tramitada, la había pedido en diciembre y me la habían aprobado a principios de febrero, pero como las clases empezaban en marzo y yo iba a hacer un mes de transición, me sumé a la reunión inaugural igual. Era en la biblioteca de la escuela, alrededor de las dos mesas que junta la portera para estas ocasiones. Café con leche de termo, galletitas industriales en un plato, una decena de maestras y dos maestros nuevos. Diego, el director, el mismo Diego, sí, treinta y cuatro años después, con el pelo blanco y una barriga que no tenía cuando me recibió con el mate amargo, tenía un cuaderno con apuntes. Habló de los nuevos lineamientos, del calendario de fechas patrias, de la prueba diagnóstica que iba a aplicarse en abril. Yo apenas anoté nada. Las maestras nuevas anotaban todo, hasta lo que no hacía falta. Me daba ternura ver cómo subrayaban frases, cómo usaban marcadores de tres colores. Yo había hecho lo mismo en el noventa. Al final, cuando estaba por levantarse Diego, dijo "una cosa más". Hizo una pausa. "Lucía termina este mes". Las maestras nuevas no entendieron, para ellas yo era una cara entre las otras. Las dos veteranas asintieron. Diego me miró, no dijo nada más, y siguió: "Y bueno". Y dejó esa frase ahí, suspendida, como si fuera el resumen de algo que no se podía decir mejor. Yo me sonreí adentro. "Y bueno" era la frase con la que Diego había cerrado treinta y cuatro años de reuniones. Su muletilla. Yo le había hecho carga con eso muchas veces. Que ese día hubiera elegido cerrar mi salida con la misma frase me pareció, entendí en el momento, el regalo más exacto que podía haberme hecho. No me dijo lindas palabras. Me dijo lo que decía siempre. Eso fue mi homenaje.

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