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El profesor de literatura
En tercero de liceo tuve un profesor de literatura que se llamaba Bracco. Ya tenía como sesenta y daba clase desde antes de que existiera la enseñanza media tal como la conocíamos, eso decía él, con orgullo, como si la edad fuera un mérito. Una vez por semana nos leía a Onetti en voz alta. No nos hacía leerlo a nosotros: él lo leía. Decía que Onetti había que escucharlo antes de leerlo.
Lo que hacía Bracco era detenerse en una palabra. Una sola, en medio de un párrafo, y la masticaba, la decía dos veces, con voz distinta cada vez, hasta que la palabra dejaba de parecer una palabra y empezaba a parecer un objeto que él tenía en la mano y nos mostraba. Me acuerdo de una en particular. Estaba leyendo un fragmento de "El astillero" y se detuvo en "atónito". La dijo. Después se quedó callado mirando la palabra como si no se la creyera. La volvió a decir. Y entonces, sin levantar la vista, dijo: "Esta palabra hay que respetarla. No la usen para cualquier sorpresa. Onetti la guardó para esto."
Yo no entendí del todo en ese momento, pero lo entendí después. Lo entendí cuando di clase mucho tiempo después y un alumno me dijo que su perro estaba "atónito" porque le habían cortado el pelo, y yo me reí, no del alumno, de la palabra, que estaba en el lugar equivocado. Pensé en Bracco. Le hubiera dado risa también.
Bracco se murió hace años. La biblioteca del liceo lleva su nombre, lo que está bien, aunque a él, que era de los que ironizaban con las honras, probablemente le hubiera dado vergüenza. Pero la palabra "atónito" me pertenece desde el setenta y dos, y eso es algo que no se muere.
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