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El día que entendí cómo enseñar

Mi primer año en la escuela del Cerro fue malo. Lo digo así porque fue así. Tenía un grupo de tercero con veintiocho chicos, la mayoría de la zona, y yo tenía veintitrés años recién recibida del IPA, con todas las teorías frescas y ninguna calle bajo los pies. Las primeras semanas pensé que me había equivocado de profesión. Había una alumna, Valentina, que no avanzaba. No es que no estudiara, estudiaba, se la veía esforzarse, mordía la birome hasta dejarla marcada. Pero las sumas no entraban. Yo le explicaba en el pizarrón con tres colores distintos, le explicaba con palitos en el cuaderno, le explicaba con peras y manzanas dibujadas, y nada. Una tarde la encontré llorando en el patio, sola, con la merienda sin tocar. La hice quedar después de clase. La senté en su banco y nos pusimos a hacer sumas otra vez. Nada. La cara se le ponía roja, casi se enojaba con ella misma. Yo no sabía qué hacer. Me levanté para ir a buscar algo en el cajón del escritorio, no me acuerdo qué, y al pasar por el banco, vi en el suelo varias tapitas de gaseosa que algún chico había estado coleccionando. Eran amarillas y rojas, de Coca y de Fanta. No sé por qué se me ocurrió. Las junté. Le puse cuatro tapitas amarillas en un lado del banco, tres rojas en el otro. "Si tenés cuatro Cocas y te dan tres Fantas, ¿cuántos refrescos tenés?". Valentina las miró, las contó con la mano, y dijo "siete". Yo le sonreí. Le puse cinco amarillas y cuatro rojas. "Nueve". Le puse seis y cinco. "Once". Estaba sumando. No era que Valentina no supiera sumar. Era que yo no sabía enseñarle. Esa noche en el ómnibus de vuelta a casa pensé: a esta chica le voy a enseñar todo el año en tapitas de gaseosa si hace falta. Y eso hice. Para fin de año pasaba pruebas como cualquier otra. Treinta años después, en mi último día como maestra, ella, ya adulta, ya madre, vino a la despedida con un paquete envuelto. Eran las mismas tapitas, guardadas en una caja de costura. Lloré como una idiota.

Aprendizaje

Cuando un alumno no entiende, casi siempre el problema es el lenguaje del que enseña, no el del que aprende.

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