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El alumno que no leía

Era el segundo año en el Cerro. Tenía un alumno, no voy a poner su nombre porque cuando me reencontré con él hace un par de años me pidió que no, que no leía. No es que le costara: no leía. Las palabras escritas no le entraban. Decía que las letras se le movían en la página, como si fueran hormigas. Yo le creía a medias. Le hice repetir lo de las hormigas tres veces. La cuarta, ya con paciencia, le pregunté: ¿se mueven mucho o se mueven poquito? Y me dijo "mucho, mucho, sobre todo cuando está la luz fuerte". Algo en esa respuesta me hizo dudar. Le pedí permiso para llamar a la madre. La madre vino al día siguiente, con la cartera apretada en el regazo, esperando lo peor. Le pregunté si el chico veía bien. Me miró como si la pregunta fuera de otra galaxia. "Ve igual que vos y que yo", me dijo. Le dije que tal vez no estaría de más una visita al oculista. La madre se ofendió primero, después se ablandó. Después fueron. El chico tenía menos seis y menos siete dioptrías. La oculista, una señora del Hospital Pereira Rosell, le dijo a la madre que cómo no se habían dado cuenta antes. La madre lloró todo el camino de vuelta, me lo contó después, ya con tiempo. Decía que se había sentido la peor madre del mundo por no haber visto que su hijo no veía. Yo le dije lo único cierto que se me ocurrió: que él tampoco sabía lo que era ver. No tenía con qué comparar. Para él, así eran las letras desde siempre, y las hormigas eran una explicación posible. Una vez con anteojos, le encantó leer. Lo último que supe es que da clases de matemáticas en un liceo. La lección que me quedó es que la primera pregunta no es nunca "por qué no rinde", es "qué está viendo".

Aprendizaje

La primera pregunta no es "por qué no rinde", es "qué está viendo".

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