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Cuento corto

Tacuarembó, antes de irnos

Era un sábado de mayo del setenta y uno. La cocina de la casa de Tacuarembó tenía las paredes pintadas de un amarillo sucio que en aquel momento se consideraba moderno, y un alacenero de madera oscura donde Elena guardaba los frascos de azúcar y de yerba con etiquetas escritas a mano. Lucía tenía cuatro años. Estaba parada arriba de una silla de pino para llegar a la mesada de mármol, y su tarea, la única tarea que tenía en todo el sábado, era cortar la masa con un vaso al revés. El vaso era de vidrio grueso, color verdoso, de los que en esa época se usaban para tomar vermut. Elena se lo había dejado al lado, sobre un mantel de hule con cuadros rojos y blancos. Apretá fuerte, hija. Pero no tanto que se salga la masa. Así. Tac. Lucía obedecía. No era una niña de las que preguntaban cosas. Era de las que miraban. Miraba el vaso, miraba la masa, miraba las manos de su madre cuando volvían a juntar los recortes para hacer un nuevo bollo. Las manos de Elena eran flacas pero fuertes, con los nudillos un poco rojos del agua fría y la harina pegada en las uñas. Afuera, en el patio, había un álamo que se sacudía con el viento. Tacuarembó tenía esos vientos que venían del norte y que en mayo eran ya casi fríos. Por la ventana de la cocina se veía la copa del álamo entera, y Lucía a veces miraba para arriba mientras cortaba la masa, como si necesitara confirmar que el árbol seguía estando. Antonio estaba en el molino esa mañana. Volvía siempre antes de las doce los sábados. Hacía el camino a pie, eran ocho cuadras de tierra hasta la casa, y entraba sin saludar, dejaba el saco en el respaldo de la silla del comedor, y se sentaba a leer el diario. El diario llegaba el viernes desde Montevideo. Antonio lo guardaba para el sábado, como un postre. Ahí viene tu padre. Elena lo dijo sin mirar la ventana. Tenía un oído entrenado para los pasos de Antonio. Era cierto. A los pocos segundos Antonio entró por la puerta del fondo, dejó el saco, dijo "buenos días" en general, y miró hacia la cocina. Lucía levantó el vaso para mostrarle. Antonio la miró un rato largo, sin decir nada. Después hizo el gesto de la mano. Una sola vez, corto, casi imperceptible. Para Lucía ese gesto significaba "está bien". Era el primer idioma del que ella iba a aprender. Esa mañana Elena horneó las galletas y Lucía las contó. Treinta y dos. Algunas habían quedado deformes, los círculos no eran círculos, sino más bien óvalos rotos, y Elena le explicó, sin retarla, que la próxima vez tenía que apoyar el vaso más derecho. Lucía asintió. A las once y media tocaron el timbre. Doña Esther venía del campo, como todos los sábados. Doña Esther vivía a tres kilómetros de Tacuarembó en una casa baja con corral de gallinas, y era, según el lenguaje del pueblo, la abuela adoptiva de Lucía. Llegaba con una canasta cubierta con un repasador a cuadros, que adentro siempre tenía algo: huevos, naranjas, bizcochuelo. Esa mañana había dulce de membrillo. Para tus galletas, mi nena. Lo dijo desde la puerta, sin entrar todavía. Doña Esther tenía esa voz baja y áspera de las personas del campo que han hablado más con el viento que con la gente. Lucía corrió a recibirla con el guardapolvo de la cocina puesto, lleno de harina, y Doña Esther se inclinó para abrazarla. Olía a leche cuajada y a leña. Decile a tu mamá que venga. Elena ya venía. Las dos mujeres se saludaron como siempre, con un beso seco en la mejilla, y Doña Esther entró con la canasta. Antonio levantó la vista del diario, asintió, volvió al diario. Para Antonio, Doña Esther era de la familia desde antes que él entrara a la familia. No hacía falta decir nada. Comieron los cuatro al mediodía. Las galletas iban de postre, untadas con el dulce de membrillo recién traído. Lucía se comió tres y le hubiera comido más, pero Elena le dijo "está bien por hoy". A las dos de la tarde Antonio se acostó a la siesta. Doña Esther y Elena se sentaron en el patio, bajo el álamo, con un mate. Lucía jugaba a los pies de las dos. Y entonces Elena lo dijo. Esther. Nos vamos a Montevideo. Lo dijo bajito, pero no en secreto. Lo dijo como quien comparte algo que ya estaba decidido. Doña Esther dejó de cebar. Tenía el mate en una mano y el termo en la otra. Miró a Elena. Después miró a Lucía, que en ese momento estaba dibujando en la tierra con un palito, sin escuchar de a propósito. ¿Cuándo. Año que viene. Antonio consiguió el traslado. Va a estar en una empresa textil del Cordón. Doña Esther no dijo nada por un rato largo. Cebó el mate, lo tomó. Era un mate amargo, bien amargo, como ella lo prefería. Está bien, dijo finalmente. Es lo mejor para la nena. Esa fue toda la conversación. Las dos mujeres siguieron tomando mate hasta las cuatro y media. Doña Esther se fue antes de que se hiciera de noche. Antes de irse, levantó a Lucía y le dijo al oído: "Vení a verme antes de irte. Te tengo guardada una cosa." Lucía asintió, sin entender bien qué cosa. Esa noche cenaron temprano. Antonio leyó el diario. Elena tarareó una vidalita mientras lavaba los platos. Lucía no preguntó por la conversación de la tarde porque ese tipo de cosas, en esa casa, no se preguntaban, se entendían cuando llegara el momento de entenderlas. Pero esa noche en la cama, mirando el techo, Lucía pensó en el álamo. Pensó que el álamo iba a quedarse y ella no. Pasaron seis meses. Llegó noviembre, después diciembre, después el verano, después marzo. La mudanza estaba prevista para fin de febrero. La casa se fue vaciando de a poco. Primero los libros de Antonio, los policiales, las novelas argentinas, las traducciones baratas de Hemingway, después la ropa de cama, después la vajilla. Elena lloraba a veces sin explicación, y Lucía aprendía que esos llantos no requerían respuesta. Antonio empacaba con método. Numeraba las cajas. Las apilaba en el galpón. La última semana fueron a despedirse de Doña Esther. Llegaron al campo en el Falcon que Antonio había comprado tres años antes para los viajes. Doña Esther los esperaba en la galería con una mesa puesta, pan recién hecho, dulce, mate. Se sentaron los cuatro. La conversación fue ligera, casi simulada. Hablaron del clima, del precio de la harina, del intendente nuevo del pueblo. Nadie habló de la mudanza. Cuando se levantaron para irse, Doña Esther le hizo un gesto a Lucía: "Vení". Lucía la siguió hasta la cocina. De un cajón de la alacena, Doña Esther sacó un papel doblado tres veces. Lo desdobló. Era una receta, escrita a mano con letra de cuaderno escolar. La receta de las galletas. No la pierdas. Tu mamá la sabe de memoria, pero un día la va a olvidar. Y vas a necesitar la receta. Acordate: harina, manteca tibia, azúcar, una yema, una pizca de sal, una cucharadita de bicarbonato. El secreto es la manteca: tiene que estar tibia, no derretida. Lucía guardó el papel en el bolsillo del guardapolvo. Doña Esther le pasó la mano por el pelo. No la besó. Le dijo: Si volvés a Tacuarembó alguna vez, vení a verme. Si yo me muero antes, andá igual al campo. El álamo va a estar. El último sábado en Tacuarembó Elena hizo galletas como siempre. Hizo treinta y dos. Lucía las cortó, esta vez con el vaso bien derecho. Las galletas salieron redondas, casi perfectas. Elena las puso en una caja de lata que tenía pintada un paisaje de los Pirineos, sabe Dios por qué, y la cerró. Esta caja se viene a Montevideo, dijo. Las galletas las comemos en el viaje. Y eso hicieron. El día de la mudanza fue un martes. El camión de mudanzas se llevó las cajas a las ocho de la mañana. La familia salió en el Falcon a las diez. Era cuatro horas de viaje hasta Montevideo. Antonio manejó. Elena iba al lado, con la caja de las galletas en la falda. Lucía iba atrás, con un osito de peluche y la receta de Doña Esther en el bolsillo. Cuando salieron del pueblo, Lucía pegó la cara contra el vidrio de la ventanilla de atrás. El álamo del patio se veía desde la ruta, sobresaliendo apenas por encima de los techos. Lo miró hasta que se hizo chiquito. Lo miró hasta que desapareció. A los pocos kilómetros, Elena abrió la caja de las galletas y le pasó una. Lucía la mordió. Estaba todavía un poco tibia. Tenía el sabor de los sábados. Eso fue lo que se llevó. No la casa, no el álamo, no a Doña Esther, no la cocina amarilla. Se llevó el sabor. Tenía cuatro años. Tardó cincuenta y nueve en darse cuenta de que ese sabor era todo.