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Atardecer en La Paloma, enero del veinticuatro

Andrés y yo veraneamos en La Paloma desde antes de tener hijos. Alquilamos siempre la misma casa, una de techo de tejas con el patio al fondo, y vamos los primeros quince días de enero. En el dos mil veinticuatro fue mi primer enero como jubilada. Llegamos un sábado a la tarde después de manejar tres horas, descargamos el auto, y yo me senté en el banco del patio mientras Andrés ordenaba la cocina. El sol se estaba yendo y el cielo se puso de ese color que solo tiene el atardecer en la costa este, un naranja que se vuelve rosa y después violeta sin que te des cuenta. Yo no había hecho nada. No tenía planificación de clase para preparar. No tenía corrección de pruebas pendiente. No tenía reunión de coordinación al lunes. Por primera vez en treinta y cuatro años, no tenía nada. Me quedé mirando ese cielo hasta que se hizo de noche. Lloré un poco, sin ruido. Andrés salió al patio con dos copas de vino blanco y se sentó al lado mío sin decir nada. "Ya está", me dijo. "Ya está", le respondí.

Gente

Conversación con IA

Lucía, contame del primer enero como jubilada. ¿Qué fue distinto?
No tenía nada que preparar. Eso fue lo más raro. Treinta y cuatro años de ir armando lo siguiente, y ese sábado a la tarde no había nada.
¿Te dio alivio o te asustó?
Las dos cosas. Más bien las dos a la vez. Lloré un rato sin entender por qué lloraba.
¿Andrés dijo algo?
Salió con dos copas de vino blanco. Dijo "ya está". Yo dije "ya está". Esa fue toda la conversación. Bastó.

Comentarios

  • SM

    Sofía Méndez · Hija

    Cuando me contaste eso por teléfono no entendí del todo. Lo entendí leyéndolo ahora. Te quiero.

  • CR

    Carmen Risso · Amiga del liceo

    Ese banco del patio nos vio a las dos también muchas veces. Bien por Andrés que se queda en silencio cuando hay que estar en silencio.