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El día que mi padre aprobó a Andrés
Mi padre nunca dijo nada de Andrés. Ni bueno ni malo. Lo trataba con la misma cortesía contenida con la que trataba al panadero, al gasista, al cura del barrio cuando se cruzaban. Yo me angustiaba con eso, me parecía que su silencio era una desaprobación que no se animaba a decirme. Carmen me decía "tu padre no aprueba ni los días lluviosos, es de esa generación", y yo entendía pero no me servía.
Estábamos viviendo todavía con mis padres. Era el verano del noventa y tres, marzo, un domingo a la siesta. Mi padre estaba en el patio con la podadora de mango largo, intentando cortar una rama del paraíso que le tapaba la galería. Andrés salió al patio porque acababa de llegar. Se quedó mirando un rato. Mi padre seguía dándole sin éxito, el mango era corto para esa rama. Andrés le preguntó si podía probar. Mi padre le pasó la podadora sin decir nada. La pasó como quien pasa una cuchara, sin ceremonia.
Andrés cortó la rama al primer intento. Era ingeniero, sabía dónde estaba el punto de palanca. Le devolvió la podadora a mi padre y dijo "lista". Mi padre la guardó en el galponcito de las herramientas y volvió al sillón a leer el diario. No le agradeció a Andrés. Andrés no se lo esperaba.
Yo presencié la escena desde la cocina, secándome las manos con el repasador como una pavota. Cuando Andrés entró, le pregunté qué le había dicho mi padre. "Nada", me dijo. "Me pasó la podadora y nada más."
Yo le dije: "Te aprobó."
Él no me entendió en ese momento. Lo entendió como dos años después, cuando ya estábamos casados y mi padre le pidió que lo ayudara a cambiar la cocina. Después de morir mi padre, Andrés me dijo una vez, casi como confesándose: "Tu padre era el hombre más afectuoso que conocí. Tardé como diez años en darme cuenta."
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