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Joaquín y la firma

Sofía me trae a Joaquín los miércoles. Es un acuerdo que viene desde que él tenía dos años. Sofía trabaja en la redacción del Observador y los miércoles tiene cierre tarde, así que lo levanta del jardín y lo trae acá a las doce. Comemos los tres, Andrés, Joaquín y yo, y Sofía se va. Joaquín se queda toda la tarde, hasta que ella vuelve a buscarlo a las siete. Hace unos meses, Joaquín, que ya tiene seis, descubrió mi escritorio. El escritorio de cuando era maestra, lleno de cuadernos viejos, lápices que me regalaron alumnos en distintos años, una caja de costura, sellos. Le encantó. Me preguntó si podía dibujar ahí. Le dije que sí, pero le advertí que no tocara el cajón de la izquierda, que tenía cosas guardadas. Joaquín respeta el cajón. No lo abre. Es un nene formal en eso, le tengo confianza. Lo que sí hace es copiar mi firma. La copia con una bic cristal en hojas blancas. La primera vez me la mostró riéndose; le había salido tres veces, en un papelito que me trajo a la cocina. Yo lo miré y me sorprendí: la firma era casi idéntica. "¿Cómo aprendiste?", le pregunté. "Te miro cuando firmás cosas", me dijo. "Hago lo mismo." Esa noche le conté a Andrés. Andrés me dijo "tu nieto te va a falsificar el testamento" y se rio solo de su chiste. Yo guardé la hoja con las tres firmas en el cajón de la izquierda, ese mismo cajón en el que está la flor de la chica de tercero. La puse arriba de todo, como si fuera un certificado de algo que todavía no sé qué es. A veces, cuando estoy escribiendo en este Anecdotario y firmo al final de algo, un comentario, un mail al banco, no importa, me acuerdo de Joaquín mirándome. Me da risa pensar que mi firma, la marca más pequeña que hago, ya tiene quien la herede. Esa es una clase de inmortalidad doméstica con la que yo no había contado.

Gente

Comentarios

  • SM

    Sofía Méndez · Hija

    La firma la copia mejor que vos a esta altura. Lo digo con respeto.