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Las galletas de Sofía

El once de mayo del veinticinco fue Día de la Madre y Sofía nos invitó a almorzar a su casa. Llegamos con Andrés a la una. Joaquín nos abrió la puerta con un delantal puesto, despeinado, con harina en la nariz. "Estamos haciendo galletas", anunció, como si fuera información de Estado. En la cocina, Sofía tenía la masa estirada arriba de la mesada. Y al lado de la masa, con vidrio grueso color verdoso, estaba el vaso de vermut que era de mi madre. El mismo vaso. Sofía se lo había llevado a su casa hace tres años, después de pedirme permiso, y desde entonces hace galletas con él los sábados. Yo no había venido nunca a verla hacerlas. "¿Me ayudás?", me dijo, sin mirarme. Le dije que sí. Sofía me pasó el vaso. Yo corté el primer círculo. Después me corrí y la dejé seguir a ella. Joaquín cortaba el segundo, mal, los círculos le salían óvalos rotos, como me pasaba a mí a los seis años, y Sofía le repetía la misma frase que mi madre me repetía a mí en mil novecientos setenta y tres: "más derecho el vaso, Joaco". Yo me quedé parada al costado de la mesada, mirando, sin decir que ya había escuchado esa frase otra vez en otra cocina. Las manos de Sofía son largas como las de mi madre. Los dedos finos, los nudillos un poco rojos del agua fría, heredó eso, y heredó también, sin saberlo, el modo de juntar los recortes de masa después de cada tanda para hacer un bollo nuevo. Yo lo hago igual. Mi madre lo hacía igual. Es la misma economía doméstica pasando por tres cocinas diferentes en sesenta años. Comimos las galletas de postre. Veintiocho salieron, contó Joaquín en voz alta. Algunas óvalos rotos. La mayoría redondas. Andrés se comió cinco. Yo me comí tres. Sofía dos. Antes de irnos le dije a Sofía, en voz baja, en la puerta de la cocina: "tus manos son las manos de la abuela". Sofía no contestó. Se le pusieron rojos los ojos. Después se dio vuelta y siguió levantando los platos. Hay regalos que no se hacen, se descubren.

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