Capítulo 1 de 30
Tacuarembó (1967–1972)
Mi memoria empieza en una cocina amarilla. No empieza en mi casa de la calle Constituyente del Cordón ni en el liceo Bauzá ni en ningún otro de los lugares donde después pasé décadas. Empieza en una cocina amarilla en Tacuarembó, en una casa que ya no existe, la vendieron mis padres en el setenta y dos cuando nos mudamos, y los dueños siguientes la tiraron abajo a los pocos años para hacer un edificio de cuatro pisos.
Pero antes de que la tiraran, esa cocina fue donde aprendí a estar. Las paredes eran amarillas no de un amarillo entero, más bien de un amarillo sucio que en aquellos años se consideraba elegante. Mi madre Elena las había hecho pintar en el sesenta y nueve, dos años antes de la mudanza, sin saber que estaba pintando algo que iba a durar tan poco. Así son las cosas a veces, uno arregla la casa que va a abandonar.
Mi padre Antonio trabajaba de contador en el molino del pueblo. El molino quedaba a ocho cuadras de tierra. Antonio iba a pie, ida y vuelta, a las siete y media de la mañana y al mediodía, todos los días excepto los domingos. Tenía una rutina que cumplía con la solemnidad con la que otros cumplen un voto religioso. La rutina era el voto.
Yo nací en febrero del sesenta y siete. Mis primeros recuerdos sólidos son de los cuatro o cinco años, así que tengo una memoria razonable de los últimos meses en Tacuarembó. Los sábados a la mañana, en esa cocina, mi madre hacía galletas. Galletas de campo, de las que se hinchan en el horno y dejan ese olor a manteca tibia que se queda en la cocina hasta el lunes. Mi tarea era cortar la masa con un vaso al revés. El vaso era un vaso de vermut de vidrio grueso, color verdoso, que mi madre había heredado de mi abuela. Yo me subía a una silla, me apoyaba en la mesada de mármol, y cortaba.
Tac. Tac. Tac.
Ese sonido se me quedó. No las galletas, no el olor, no las palabras de mi madre, el sonido del vaso al apoyarse en el mármol. Es un sonido específico, de los que no se confunden con otros. Cuando años después, ya en Montevideo, escuché por primera vez una máquina de escribir Olivetti, sentí una ternura inexplicable. Era el mismo sonido. Era el ritmo de los sábados.
Doña Esther nos visitaba todos los sábados al mediodía. Doña Esther era nuestra vecina más cercana del campo, vivía a tres kilómetros de la casa de mis abuelos paternos, los Méndez, que tenían una chacra cerca de Tambores. Mis padres no eran del campo, pero los abuelos sí, y por extensión Doña Esther también nos pertenecía. Llegaba con una canasta. Adentro siempre había algo: huevos, naranjas, pan recién hecho, dulce de membrillo. Yo la quería con esa fascinación que los chicos tienen por las personas mayores que no son parientes pero podrían serlo.
Doña Esther me enseñó dos cosas que tardé décadas en valorar: a hacer pan y a esperar. El pan ya no lo hago, Andrés y yo compramos en la panadería de la esquina como cualquier familia. Pero la espera, sí. Aprendí a esperar viendo a Doña Esther tomarse un mate sin hablar. Era una mujer que había hablado más con el viento que con la gente, y eso le daba una paciencia que a mí, con mi temperamento más urbano, me costó imitar.
A fines del setenta y uno mi padre consiguió un traslado. Una empresa textil del Cordón le ofreció un puesto mejor. Yo no entendí en su momento qué significaba "traslado". Lo que entendí es que íbamos a vivir en una casa nueva en una ciudad grande. Mi madre lloró bajito un domingo a la siesta y yo no le pregunté por qué.
Las últimas semanas en Tacuarembó las pasé pegada a Elena en la cocina amarilla. La masa, el vaso, las galletas. La rutina seguía como si nada, pero alrededor de la rutina las cosas iban desapareciendo: los libros de Antonio empacados, la ropa de cama doblada en cajas, la vajilla envuelta en papel de diario.
Cuando nos fuimos, en febrero del setenta y dos, era una mañana fresca. Elena llevaba las galletas del último sábado en una caja de lata pintada con un paisaje de los Pirineos. Yo iba en el asiento de atrás del Falcon con la receta de las galletas en el bolsillo del guardapolvo, me la había dado Doña Esther la semana anterior, escrita a mano en una hoja de cuaderno.
Pegué la cara al vidrio cuando salimos del pueblo. El álamo que había en el patio de mi casa se veía desde la ruta. Lo miré hasta que se hizo chiquito. Lo miré hasta que desapareció.
Eso es lo que me llevé. Cincuenta y nueve años después puedo decir que lo único que me llevé verdaderamente fue ese sabor, el de las galletas todavía tibias que mi madre me pasó al cabo de un rato de viaje. Todo lo demás se fue construyendo después.