Capítulo 2 de 30
El Cordón
El apartamento del Cordón estaba en un tercer piso por escalera. Calle Constituyente, casi esquina Maldonado. Dos dormitorios, un living-comedor, una cocina chica con ventana al patio interno, un baño con piso de pinotea y una bañera con patas. Era el segundo año del setenta y dos cuando llegamos. Yo tenía cinco años recién cumplidos.
Mis padres lo alquilaron por dos años con opción a compra y al cabo del primer año decidieron comprarlo. Tenía un balcón angosto que daba a Maldonado. Ese balcón fue el centro de mi infancia montevideana. Desde ahí miraba la calle, los ómnibus que pasaban, las viejas que tomaban mate en la vereda de enfrente, los repartidores de pan que andaban en bicicleta con una caja atada atrás.
Lo que me sorprendió más de Montevideo fue el ruido. Tacuarembó tenía ruido también, pero era un ruido distinto, voces de gallinas, de motos lejanas, del viento en los álamos. El ruido del Cordón era continuo. Los ómnibus, las bocinas, las conversaciones de la calle subiendo por los patios internos. Tardé como seis meses en dormir bien.
Mi madre se adaptó más rápido de lo que yo esperaba. Lo que en Tacuarembó tarareaba mientras cosía, ahora lo tarareaba mientras lavaba los platos en la pileta de la cocina nueva. Era la misma vidalita, siempre la misma, y ese sonido, en lugar de hacerme extrañar Tacuarembó, me hizo darme cuenta de que mi madre no se había quedado allá. Mi madre estaba donde estuviera la vidalita. Eso me consoló.
Mi padre tardó más. Antonio era de los que no se adaptan abiertamente. Venía del trabajo a las siete, se sentaba en el sillón de cuero del living, el mismo sillón que habíamos traído de Tacuarembó, el único mueble que no quisieron tirar, abría el diario, y leía. La diferencia era que ahora el diario llegaba todos los días, no los viernes nada más. Esa abundancia de noticias creo que en parte le molestaba. Antonio no era un hombre de actualidad. Le gustaba el viernes leer un diario que ya tenía dos o tres días, los hechos cuajados, las opiniones reposadas.
Empecé la escuela en marzo del setenta y dos. La escuela número siete del Cordón. Ahí pasé los seis años de primaria. Tuve maestras buenas y maestras menos buenas, como tiene cualquiera. La que más recuerdo es una señora que se llamaba Olga, en cuarto, y que me enseñó a leer en voz alta sin avergonzarme. No era una maestra particularmente cariñosa, era exigente. Pero me dio una herramienta que iba a usar todos los días en mis treinta y cuatro años posteriores como maestra.
El barrio del Cordón en aquellos años era de gente trabajadora, oficinista en su mayoría, con algunos profesionales y comerciantes. Había una panadería en la esquina de Maldonado y Andes que tenía las masas más ricas de Montevideo, según mi madre. Los sábados, antes de comer, mi padre bajaba a buscar masas. Era el único momento de la semana en que él se ocupaba de algo doméstico. Subía con un paquete envuelto en papel madera atado con piolín, y lo dejaba en la mesa. Mi madre desataba el piolín, lentamente, sin romperlo, para guardarlo, abría el papel, y elegíamos los tres a la vez.
Esa fue una de las pocas rutinas de Tacuarembó que sobrevivió a Montevideo: el sábado, las masas, los tres alrededor de la mesa. Pero lo que en Tacuarembó eran galletas hechas en casa, en Montevideo eran masas compradas. La diferencia me parecía pequeña en aquel momento. Hoy entiendo que era enorme.
A los diez años empecé a leer todo lo que había en la casa. Mi padre tenía una biblioteca de unos doscientos libros, casi todos novelas policiales, Christie, Chandler, los argentinos de Walsh, traducciones baratas de Mickey Spillane. Mi madre tenía menos libros pero más variados: poesía de Idea Vilariño, novelas de Marta Brunet, un par de libros de cocina escritos por señoras de los años treinta. Leí todo lo que pude. A los doce ya había terminado la biblioteca de mi madre y empezaba a meterme en las policiales de mi padre. Antonio nunca me dijo nada al respecto. Asumió, supongo, que si yo leía sus libros era porque podía leerlos.
Esos años en el Cordón, antes del liceo, los recuerdo como una larga acomodación. No éramos felices ni infelices, éramos una familia haciendo lo que correspondía hacer. Mi padre trabajaba, mi madre cocinaba y leía, yo iba a la escuela y leía. Los domingos, en invierno, íbamos al cine Astor a ver lo que estuviera. En verano nos íbamos quince días a La Paloma, la primera vez fue en el setenta y cuatro, y desde entonces siempre la misma casa. Esa casa me la sé de memoria mejor que mi propio apartamento.
Cuando miro atrás, lo que más rescato de esos años es la falta de drama. No pasaba nada. Y eso, después de los años que iban a venir, lo agradezco.