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Capítulo 3 de 30

Veranos con la abuela Rosa

Mi abuela paterna se llamaba Rosa Méndez y vivió hasta el dos mil ocho en una casa baja con corral de gallinas, cerca de Tambores. La casa era de dos hectáreas con un aljibe en el patio, tres álamos enormes que le daban sombra al lado oeste, y un campo abierto donde a veces aparecían ñandúes. Mis padres me llevaban a pasar quince días con ella todos los febreros, durante toda mi infancia y mi adolescencia. Esos veranos me los pasaba en otro idioma. No es que la abuela hablara distinto del castellano que se hablaba en Montevideo, pero su vocabulario era otro. Decía "el ñandú anda cerca" y "vino el agua" en lugar de "llovió". El tiempo en su casa también era otro: no había horarios fijos para nada, salvo el ordeñe y la siesta. Yo salía del orden montevideano a las nueve de la noche del día que llegaba y entraba a la lógica del campo casi sin darme cuenta. La abuela Rosa había enviudado en el sesenta y dos, a los cuarenta y ocho años. Mi abuelo Francisco había muerto de un ataque al corazón mientras esquilaba ovejas, eso me lo contó la abuela una vez, sin dramatismo, como si fuera un hecho histórico que requería precisión. La esquilada estaba a la mitad. Mi abuelo había caído de costado y la oveja había escapado con la lana solo cortada en una mitad del cuerpo. La abuela siempre se reía de ese detalle final. "Esa pobre oveja", decía, "anduvo con la lana cortada al medio una temporada entera." Era una mujer dura, alegre, sin sentimentalismos. Me crió en los veranos. Me enseñó a juntar huevos en el corral sin asustar a las gallinas, a cebar mate, a leer la lluvia en las nubes, lo que ella llamaba "leer el cielo". Tenía una habilidad para mirar al norte y predecir si iba a llover esa misma tarde, esa misma noche, o al día siguiente. Acertaba un noventa por ciento de las veces. Cuando le pregunté cómo lo hacía, me dijo: "Vos también lo vas a aprender. Pero tenés que mirar mucho. Mucho, todos los días." Doña Esther era amiga de la abuela desde antes de que yo naciera. Vivía en el campo de al lado y venía caminando los sábados a la tarde con la canasta. La abuela y Doña Esther se sentaban en la galería con un mate y hablaban poco. Yo jugaba a sus pies. Era el mismo silencio que mi padre, ahora que lo pienso, el silencio compartido que no necesitaba palabras para significar acompañamiento. Una tarde de febrero del setenta y nueve, yo tenía doce años, la abuela me llamó a la cocina. Tenía una bolsa de harina abierta sobre la mesa. "Hoy te enseño a hacer pan", me dijo. Era una declaración, no una propuesta. Yo me lavé las manos sin decir nada y me quedé al lado de ella. El pan de la abuela Rosa era un pan campesino, de masa madre, aunque ella no usaba esa palabra; le decía "el fermento". Tenía un fermento que mantenía vivo desde antes de que yo naciera, en un frasco de mermelada en la heladera. Lo alimentaba todos los días con harina y agua, como si fuera una mascota. Decía que el fermento era cuarenta años más viejo que yo. Lo decía con orgullo, como si fuera un hijo suyo. Esa tarde aprendí a amasar. La abuela me hacía repetir hasta que la masa "tenía la cara lisa", como ella decía. Si la masa estaba arrugada, había que seguir amasando. Si la masa pegaba en la mesa, había que agregar harina. Si la masa se rompía, había que dejarla descansar un rato. Reglas simples, eficaces, que solo se entendían al hacerlo. Hice pan con la abuela todos los febreros desde el setenta y nueve hasta el dos mil seis, dos años antes de que ella muriera. Hicimos pan juntas durante veintisiete años. La última vez ella ya no podía amasar, le dolía la espalda, y se sentaba en una silla a indicarme. "Más fuerte. No le tengas miedo. La masa quiere que la trates fuerte." Yo amasaba. La abuela murió en agosto del dos mil ocho, a los noventa y cuatro años. La casa la heredamos los hermanos de mi padre, y como vivían lejos y nadie quería mudarse al campo, la vendieron. La compró una familia de Tacuarembó capital. Yo no fui a ver la casa después de la venta. No quise. Me quedé con la imagen de la abuela amasando, con el frasco del fermento en la heladera y los ñandúes al fondo. El frasco del fermento se perdió. Mi prima Magdalena, que estuvo en la casa los últimos meses, se acordó de él pero llegó tarde. Cuando entró a la cocina ya estaba todo desarmado. Era un frasco de mermelada cualquiera, sin etiqueta, con una masa blanca dentro. Quien sea que limpió la heladera lo tiró. Cuarenta años de fermento descartados como un yogur vencido. Eso me dolió más que la venta de la casa. La casa eran paredes; el fermento era una continuidad. No volví a hacer pan después de eso. Las cosas se rompen como se rompen.