Capítulo 4 de 30
Liceo Bauzá
Entré al liceo Bauzá en marzo del ochenta. Tenía doce años y dos meses. El liceo era una construcción de los años cuarenta, con dos patios, uno de adelante para los recreos y otro al fondo más chico para las clases de educación física, y unas escaleras de mármol que retumbaban cada vez que tocaba el timbre. Olía a tiza, a sudor adolescente, a algún producto de limpieza con olor a clavo.
Mi madre me había planchado el guardapolvo blanco tres veces el domingo a la noche. Yo iba caminando las quince cuadras desde Constituyente y Maldonado hasta la calle Daniel Muñoz. Esas quince cuadras se hacían distintas en cada estación: en verano sudaba; en invierno me subía las solapas; en otoño levantaba hojas con los pies para que sonaran. Iba sola. Mis padres no me acompañaban, entendían, desde Tacuarembó, que las cosas que tenía que hacer las tenía que hacer.
El primer día de clase Carmen llegó tarde. Carmen era la chica que iba a sentarse al lado mío durante seis años seguidos. Llegaba tarde el primer día, siguió llegando tarde casi todos los días. Esa fue la primera información que tuve sobre ella, y todavía hoy me parece relevante. Carmen es de las que no pueden ser puntuales y eso ya es una declaración de algo.
Cuando llegó, se sentó al lado mío sin preguntar, descubrió que no tenía birome y me pidió una. Tenía dos. Le di la mejor. Ese pequeño gesto, darle la birome más linda y no la otra, fue lo que ella me dijo años después que la había convencido de que podíamos ser amigas. "Otra te hubiera dado la peor", me dijo. "Yo me di cuenta enseguida."
Los seis años del liceo los pasé al lado de Carmen. No fue una elección. Fue un hecho. Nos sentábamos en el primer banco, yo para ver bien, ella para que no la mandaran al banco peor, y nos quedábamos ahí desde marzo hasta noviembre, año tras año. Cuando empezaba un nuevo año las profesoras nuevas a veces intentaban separarnos. No funcionaba. Nos reuníamos al recreo, al final del día, en su casa o en la mía, y volvíamos al banco al día siguiente.
En tercero tuve a Bracco. Profesor de literatura, ya pasado los sesenta, daba clase con una solemnidad que en aquellos años parecía anacrónica pero que yo, sin saberlo, agradecía. Bracco nos leía a Onetti en voz alta. No nos pedía leerlo, él lo leía. Decía que Onetti había que escucharlo antes de leerlo, y los años me dieron la razón sobre eso.
Bracco se detenía en una palabra. Una sola palabra, en medio de un párrafo, y la masticaba, la decía dos veces, con voz distinta cada vez, hasta que la palabra dejaba de parecer una palabra y empezaba a parecer un objeto. Una vez se detuvo en "atónito". La dijo, hizo una pausa, la volvió a decir. "Esta palabra hay que respetarla", dijo sin levantar la vista del libro. "No la usen para cualquier sorpresa. Onetti la guardó para esto."
Tendría que tener catorce años. No entendí del todo. Pero la frase se me quedó. Me sigue acompañando. Cuando a alguno de mis alumnos, ya en la escuela del Cerro, le escuchaba decir una palabra demasiado grande para una situación demasiado chica, pensaba en Bracco. A veces se lo decía. "Esa palabra es demasiado para esto."
En quinto leímos a Felisberto Hernández. Bracco tenía una manía con Felisberto que nadie en el liceo compartía. Lo defendía como si fuera un secreto que solo él sabía. "Este hombre escribió las cosas más raras de la literatura uruguaya", nos decía. "Ustedes ahora no van a entender. Van a entender a los cuarenta."
Tenía razón. A los cuarenta entendí. Compré "Las Hortensias" en una librería de la ciudad vieja en el dos mil siete y me lo leí en una semana. Lloré en algunos pasajes. Nunca le pude contar a Bracco, había muerto en el dos mil tres, pero le mandé un mensaje al universo, supongo. Eso es lo único que se le manda a la gente que ya no está.
Carmen y yo nos despedimos del liceo en una fiesta de fin de cursos en noviembre del ochenta y cinco. Nos prometimos mantenernos en contacto. Ese tipo de promesas, en aquel momento, sonaban como cláusulas de contrato, uno las decía sin mucha confianza en su cumplimiento. Sin embargo, ahí seguimos.