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Capítulo 5 de 30

Carmen

Un capítulo entero para Carmen. Lo digo desde el principio porque es lo justo. Hay personas a las que uno conoce y no las mete en ningún capítulo en particular, están en todos un poquito. Carmen es de las otras. Carmen amerita un capítulo dedicado. Carmen Risso nació en el sesenta y siete, igual que yo, con tres meses de diferencia. Yo soy de febrero, ella de mayo. Eso significaba que en el liceo siempre la cargaba con que era más chica. A los doce años una diferencia de tres meses parece grande. A los cincuenta y ocho, como tenemos ahora las dos, no es nada. El padre de Carmen era farmacéutico y tenía una farmacia en la calle Yi. La madre era ama de casa pero tomaba clases de teatro los miércoles a la noche en el Solís, lo que en aquellos años era una rareza. Carmen heredó de la madre una gracia para el discurso, cuando contaba algo lo hacía con tiempos, con pausas, con énfasis exagerados pero justos, y del padre una cierta solidez práctica para resolver problemas. Si algo se rompía en su casa, ella lo arreglaba. Si alguien estaba triste en su casa, ella lo escuchaba pero le proponía un plan concreto. Era una combinación rara y eficaz. En el liceo, Carmen y yo nos llevábamos las pruebas de matemáticas a hacer juntas. Yo era buena en el cálculo, ella era buena en intuir cuál era la pregunta verdadera del problema. Las dos cosas son distintas, el cálculo es una habilidad mecánica; la intuición de la pregunta es una habilidad de lectura. Carmen leía los problemas de matemática como si fueran cuentos cortos. Nos peleamos varias veces. La pelea grande la tuvimos en cuarto de liceo, por una tontería, Carmen me había prestado un cuaderno marmolado para que copiara una clase que yo había faltado, y se lo devolví con una mancha de café. Ella se enojó. Yo me ofendí porque me parecía desproporcionado. Estuvimos dos semanas sin hablarnos. La que cedió fue ella, viniéndome a buscar a casa con un cuaderno nuevo. "No vale la pena", me dijo, "las cosas no son la gente". Y volvimos. Cuando salí del IPA en el ochenta y nueve, Carmen estaba terminando Derecho. Ella siguió otro camino. Trabajó como abogada civil durante treinta años, especializada en sucesiones, una elección rara que ella misma reconoce que no se explicaba bien. "Me aburría todo lo demás", decía. "Y al menos las sucesiones tienen historia." Carmen se casó en el noventa y uno con un hombre que se llamaba Roberto. Roberto era contador, igual que mi padre, lo que entre nosotras dos siempre fue motivo de chiste. "Las dos buscamos a nuestros padres", decía Carmen en los chistes. Yo le decía que no era cierto, que Andrés era ingeniero. Ella me decía: "Misma cosa." Roberto se murió de cáncer de páncreas en el dos mil dieciocho. Carmen nunca volvió a casarse y dice que no piensa hacerlo. Los viernes a las cuatro de la tarde, desde hace cuarenta y cinco años, tomamos mate. La rutina cambió de casa varias veces, antes fue de mi casa, después fue de la casa de Carmen, ahora se fue alternando una semana cada una. La rutina cambió de bebida algunas veces, durante un par de años en los noventa Carmen estuvo enganchada con el té chai y nos pasamos a eso, pero después volvimos al mate. La rutina nunca se canceló. Tuvimos viernes de risa hasta llorar. Tuvimos viernes en silencio total, uno donde mi madre acababa de morir, en el dos mil tres, y yo no podía hablar; Carmen se quedó dos horas en silencio cebando un mate atrás del otro, sin decir nada. Tuvimos viernes furiosos, peleadas, después reconciliadas en el mismo mate. Tuvimos viernes de dar consejos pésimos sobre la vida del otro y, en cambio, viernes de dar consejos perfectos. Una vez, hace unos años, le pregunté a Carmen qué pensaba que era una amistad. Ella se quedó pensando un rato. "Una amistad es alguien que te conoce viejo", me dijo. "Que te conoce de antes y de ahora. Que sabe el cambio." Y agregó: "Vos y yo somos eso para nosotras." Lo escribo y todavía me emociono.