Capítulo 6 de 30
Aquel sábado de mayo
Voy a dedicar un capítulo a un solo sábado. No es exagerado. Es ese sábado el que me terminó haciendo escribir este libro, aunque lo entendí mucho después.
Era mayo del setenta y uno. Yo tenía cuatro años. Estaba en la cocina amarilla de Tacuarembó, parada arriba de una silla de pino, cortando masa con un vaso al revés. Mi madre Elena estaba al lado mío, con las manos hundidas en otro bollo de masa, dando forma a las galletas que yo no estaba cortando bien.
Hace cincuenta y cuatro años. Y sin embargo el detalle del momento sigue ahí, intacto, como si hubiera sido hace una hora. La luz era oblicua, entraba por la ventana del fondo, pegaba en la mesada de mármol y se reflejaba apenas en el vaso. El mantel de hule a cuadros rojos tenía una mancha vieja en una esquina, de algún tinto derramado meses atrás, que mi madre se había resignado a no sacar. Olía a manteca tibia.
Lo que recuerdo con más nitidez no es el olor. Es el sonido. Tac. Tac. Tac. Apoyaba el vaso, presionaba, lo levantaba con un pequeño succión, dejaba el círculo, lo recogía Elena con la espátula, lo ponía en la fuente. Tac. Tac. Tac. Era un metrónomo. Yo iba al ritmo de mi madre, que era el ritmo de los sábados.
Mi madre tarareaba. Una vidalita. La misma vidalita que tarareó toda su vida, hasta el dos mil tres. Tres notas que subían y dos que bajaban, repetido. Le pregunté una vez, ya con doce años, qué era esa vidalita. Me dijo "no sé, la tarareo desde siempre". Probó a recordar la letra. No pudo. Después de su muerte, cuando ya tenía internet a disposición, intenté reconstruir qué canción podía ser. No la encontré. Es posible que esa vidalita la hubiera inventado ella, sin saberlo.
Ese sábado de mayo del setenta y uno hicimos treinta y dos galletas. Las contábamos en voz alta cuando salían del horno. Era una tradición. Algunos sábados eran veintinueve, otros treinta y cinco. El número dependía del estado de ánimo de la masa, Elena decía eso, "el estado de ánimo de la masa", como si fuera una cosa real.
A las once y media tocaron el timbre. Era Doña Esther. Ya está contado. La canasta, el dulce, la conversación bajo el álamo. Pero hay un detalle que no aparece en otras versiones de esta misma historia: ese sábado, cuando Doña Esther llegó, mi madre estaba a la mitad de cantar la vidalita. Le dijo "buen día, Esther" y se interrumpió. Cuando Doña Esther se sentó, mi madre volvió a la cocina a poner el agua del mate, y retomó la vidalita en la nota exacta donde la había dejado. Yo me acuerdo de ese detalle porque me sorprendió. Era como si la vidalita fuera una fuente continua que ella podía pausar y reanudar a voluntad.
Esa tarde, bajo el álamo, mi madre le anunció a Doña Esther que nos íbamos a Montevideo. Doña Esther no lloró. Cebó otro mate. Yo dibujaba en la tierra con un palito, fingiendo no escuchar. Pero escuchaba todo. Recuerdo, palabra por palabra, lo que mi madre dijo: "Antonio consiguió el traslado. Va a estar en una empresa textil del Cordón." Y la respuesta de Doña Esther: "Está bien. Es lo mejor para la nena."
Ese sábado fue, sin que yo lo supiera entonces, el último sábado en Tacuarembó del que voy a tener memoria precisa. Hubo otros sábados después, varios meses más en esa cocina, pero este se me quedó en alta resolución y los demás se fueron mezclando. Tal vez fue por la noticia. Tal vez fue por el gesto de mi madre con la vidalita. Tal vez la memoria elige por razones que no se dejan explicar.
Cuando Sofía nació, en el noventa y ocho, le hice galletas el primer sábado que pude. Tenía dos meses Sofía y yo le hacía galletas a Martín, que tenía tres años. Pero las hice con el vaso de mi madre, el mismo vaso de vermut, el mismo vidrio grueso, color verdoso. Lo había recuperado de la cocina de mi madre cuando ella murió. Estaba en el cajón de los cubiertos, junto a la cuchara de palo, donde había estado siempre.
Tac. Tac. Tac.
Sofía hace galletas ahora. Joaquín pregunta por ellas apenas llega los miércoles. La vidalita no se la enseñé a Sofía, porque no me la sé bien. Pero el ruido del vaso sí. Eso lo heredamos.
Aquel sábado de mayo del setenta y uno fue un sábado entre otros. Estaba lleno de cosas comunes: galletas, mate, una visita, una conversación. Lo que pasó es que esa combinación resultó ser la matriz de muchas cosas posteriores. Uno no elige los sábados que se le fijan en la memoria. Lo único que puede hacer es agradecerlos cuando los reconoce.