Capítulo 7 de 30
IPA, los tres años
Entré al IPA en marzo del ochenta y cinco. Había rendido el examen de ingreso en febrero. Mi padre me llevó al examen, un detalle que ya conté en otra parte, y aprobé sin problemas. Empecé Magisterio inicial-primaria, aunque después me especialicé en primaria nada más. La pre-escolar la dejé.
El IPA, Instituto de Profesores Artigas, quedaba en el centro, en la calle Soriano. Era un edificio austero, de los años cuarenta, con techos altos y ventanas de marco metálico que dejaban entrar mucho frío en invierno. Tenía una cantina en el subsuelo donde se tomaba el peor café con leche de Montevideo y donde se discutían las cosas más importantes que iba a vivir en aquellos años.
Los compañeros del IPA eran un grupo distinto del que había tenido en el liceo. Más diversos, geográficamente, había gente del interior, varios de Salto, un par de Treinta y Tres, una chica de Bella Unión que había venido sola a estudiar y vivía en una pensión, y más diversos de clase social. En el liceo Bauzá la mayoría éramos hijos de profesionales o de pequeños comerciantes. En el IPA había chicas hijas de obreros, de tamberos, de costureras. Eso me amplió el mundo.
Hice dos amistades fuertes en el IPA. Una se llamaba Patricia, era de Salto, y vino a vivir a Montevideo a estudiar. La otra se llamaba Mónica, montevideana como yo, hija de un tipógrafo. Las tres formamos un grupo de estudio que se mantuvo los tres años. Yo era buena en didáctica. Patricia era buena en psicología. Mónica era la que organizaba todo. Si no fuera por Mónica, ninguna de las tres habría aprobado a tiempo.
Patricia se mudó a Salto cuando se recibió, dio clases allá durante toda su vida y nos perdimos. Mónica vive en Las Piedras, dio clase un tiempo y después se cambió a la administración pública. Nos vemos una vez por año, ya. La amistad existe pero ya no se mantiene viva con la frecuencia.
Lo más importante que aprendí en el IPA no fue ni didáctica ni pedagogía. Fue darme cuenta, esto me lo dijo una profesora de psicología en el segundo año, una señora que se llamaba Beatriz Sosa, que enseñar es ante todo un trabajo de escucha. "Las maestras buenas escuchan más de lo que hablan", nos dijo en una clase. "Esa es la regla. Si en tu día de clases hablaste más que tus alumnos, le erraste."
En aquel momento me pareció una boutade. Había estado en escuelas donde las maestras hablaban el ochenta por ciento del tiempo. Pero la frase se me quedó. Cuando empecé a dar clase en el Cerro, en el noventa, me la repetí. Me daba cuenta enseguida cuándo estaba hablando demasiado. Cortaba. Esperaba. La cantidad de cosas que aprendí escuchando a chicos de tercero, sus preguntas raras, sus desvíos, sus comparaciones inesperadas, me formaron más que el IPA mismo.
Otra cosa que aprendí en el IPA: a corregir cuadernos. Suena banal, lo sé. Pero corregir veintiocho cuadernos por día durante ocho meses al año durante treinta y cuatro años requiere una técnica. La técnica la aprendí en una práctica de tercer año, observando a una maestra de un quinto año en la escuela número catorce de Pocitos. Esa maestra, no recuerdo el nombre, solo la cara y la mano que sostenía el lápiz rojo, corregía mientras sonreía. No era falsa la sonrisa, no era condescendiente. Era una atención cariñosa hacia el cuaderno. La copié. La copio todavía cuando ayudo a Joaquín con la tarea.
Tres años pasaron rápido. Recibí el título en diciembre del ochenta y siete. La ceremonia fue en el paraninfo de la Universidad, todas las maestras nuevas con tapado azul porque era invierno. Mi madre se vistió de fiesta, un vestido marrón que había sido para casamientos, mi padre fue de saco y corbata, la corbata gris que usaba siempre. Me dieron el diploma. Me lo dieron con un apretón de manos que me pareció, en el momento, demasiado formal para algo tan personal.
Cuando salimos del paraninfo, los tres caminamos hasta la rambla a respirar un poco antes de tomar el ómnibus a casa. Mi madre me dio un beso en la mejilla. Mi padre hizo el gesto de la mano. No fue otra cosa.
Pero esa noche, cuando estábamos en la cocina recalentando la cena, mi padre dijo algo que me marcó. Estábamos los tres sentados a la mesa. Él se sirvió una porción de tarta de zapallo y, sin levantar la vista del plato, dijo:
"Vas a ser una buena maestra."
Tres palabras. La frase más larga que mi padre me había dirigido en años.
Mi madre me miró. Yo asentí. No le dije gracias. Eso hubiera sido demasiado para él. Le dije "voy a tratar". Mi padre asintió y siguió comiendo.
Lo que aprendí en los tres años del IPA, la didáctica, las teorías pedagógicas, las técnicas, todo eso me sirvió. Pero el motor de los treinta y cuatro años posteriores fue esa frase de mi padre. La traduje en mi cabeza durante décadas: cumplir con la frase, no decepcionar la frase, hacer honor a la frase. Y todavía, a veces, cuando entro al patio de una escuela aunque sea de visita, me acuerdo de mi padre diciéndola y se me eriza la piel.