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Capítulo 8 de 30

Primer día en el Cerro

Empecé a trabajar en marzo del noventa. La escuela número doscientos veinticinco del Cerro me recibió un lunes a las siete y media de la mañana. Yo tenía veintitrés años, los zapatos sin estrenar, el guardapolvo blanco con un almidón excesivo que me había planchado mi madre el día anterior. Los dos ómnibus de ida me llevaron una hora y diez minutos. El primero, el setenta y siete, me dejaba en la terminal del Cerro. El segundo, el cuatrocientos veinticinco, me llevaba hasta dos cuadras de la escuela. Hice ese viaje todos los días laborables, con variaciones menores, durante treinta y cuatro años. Si calculo: treinta y cuatro años por nueve meses por veinte días promedio, son seis mil ciento veinte viajes de ida, más los seis mil ciento veinte de vuelta. Doce mil viajes en total. La mayoría en ómnibus, algunos pocos en auto cuando Andrés podía llevarme. Diego Sosa era el director de la escuela cuando llegué y siguió siendo el director cuando me jubilé. Treinta y cuatro años con el mismo director es una rareza notable. Diego había llegado a la escuela en el ochenta y siete y se quedó hasta el dos mil veintinueve, cuando se jubiló él también, cinco años después que yo. Era un director con un estilo poco demostrativo, paciente, casi tímido, lo que para los que veníamos del IPA con teorías sobre el liderazgo educativo nos parecía contraintuitivo. Después aprendí que ese estilo era el bueno. Diego no necesitaba imponerse. Su autoridad venía del tiempo y del cuidado. El primer día Diego me esperaba en la puerta con un mate. Yo no tomaba mate a las siete y media. Lo entendí enseguida: rechazar el mate era empezar mal. Tomé un sorbo. Estaba amargo. "Es así acá", me dijo Diego con una sonrisa breve. Me llevó al aula. El aula era un cuadrado de unos cinco metros por cinco, con bancos de madera para veintiocho chicos, un pizarrón verde, una ventana al fondo que daba al patio. La pintura de las paredes estaba pelada en algunas partes, humedad, salitre, los años. Las ventanas no cerraban del todo. En invierno entraba el viento. Me lo había advertido la maestra que se jubilaba y a la que yo reemplazaba. Una señora que se llamaba Eulalia y que me pasó el grado con una mezcla de alivio y nostalgia. "Cuídamelos", me dijo. Los chicos llegaron a las ocho y diez. Algunos venían con la madre o el padre hasta la puerta del aula, otros entraban solos como si ya fueran adultos en miniatura. Me miraron a la vez. Veintiocho cabezas mirándome a la vez tienen un peso físico, uno lo siente. Algunos curiosos, algunos hostiles, algunos simplemente sin enfocar. Al fondo había uno con los ojos muy abiertos. Me presenté. Dije mi nombre, dije que era nueva, dije que íbamos a aprender muchas cosas juntos durante el año. Era el discurso esperado, lo había leído en algún manual del IPA. Me tembló la voz. A uno se le escapó una risa. La risa contagió a otro. A un tercero ya no. La primera clase fue de matemáticas. Sumas y restas para repasar lo de segundo. Yo había planificado tres ejemplos en el pizarrón y un problemita en parejas. Lo que pasó es que tardé veinte minutos en escribir los tres ejemplos porque se me caía la tiza, y los chicos se rieron las cuatro veces. Cuando llegué al problemita, ya no había aire en el aula, era un calor que olía a tiza, a guardapolvo, a mochilas. El chico del fondo, el de los ojos muy abiertos, no estaba haciendo el problemita: me miraba a mí. Yo creía que estaba especialmente atento. Después supe que era miope y que no había visto el pizarrón en toda la clase. Cuando sonó el timbre del recreo me dejé caer en la silla. Los chicos salieron en estampida. Me quedé sola con la sensación de haber sobrevivido a algo. Diego asomó la cabeza por la puerta. "¿Cómo te fue?" "No tengo idea." Diego se rio. No fue una risa de burla, fue una risa de reconocimiento. "Bueno, eso es honesto", me dijo. "Ahora venite a tomar otro mate." Tomamos mate en la dirección. Ahí me presentó a las otras maestras: Marisol, de primer año; Liliana, de segundo; Beatriz, de cuarto; Ana, de quinto; y Olga, de sexto. Eran todas mujeres. Había un único maestro varón, Carlos, que daba educación física, y que apareció una hora después porque los lunes empezaba más tarde. Marisol me preguntó si estaba sola en Montevideo. Le dije que no, que vivía con mis padres. Ella asintió, satisfecha. Las maestras del Cerro, con los años, terminaron siendo como una segunda familia para mí. Diego, una segunda figura paterna, más cariñosa que la primera, pero menos imprescindible. A las cuatro y veinte de la tarde me subí al ómnibus de vuelta. Tenía los pies destrozados por los zapatos nuevos. Me había olvidado tres carpetas en la dirección. No tenía idea de cómo iba a aprender a hacer todo aquello. Pero algo sabía: que iba a aprender. La frase de mi padre, "vas a ser una buena maestra", me sonaba en la cabeza como un mantra. No estaba siendo buena, todavía. Pero estaba en camino.