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Capítulo 9 de 30

Andrés en la Rambla

A Andrés lo conocí en junio del noventa y dos. Yo tenía veinticinco años, llevaba dos años dando clase en el Cerro, y un cierto desencanto general con los hombres que venía conociendo en mi vida, un tema muy de aquellos años que no quiero exagerar pero tampoco minimizar. Esa mañana, un sábado, me había juntado con Carmen a desayunar. La idea era caminar por la Rambla desde Pocitos hasta el Buceo, donde había una panadería que tenía las medialunas que a Carmen le gustaban. Era invierno y hacía frío. Yo iba con un saco gris y bufanda. Carmen iba con un tapado largo color verde militar que se había comprado en una feria de la calle Tristán Narvaja y que le quedaba excesivamente largo, le pasaba abajo del talón. A la altura del Trouville había un semáforo. Cruzamos cuando se puso verde. Yo iba mirando hacia el agua, distraída. Carmen me agarró del brazo y me dijo "fijate". Cuando levanté la vista crucé la mirada con un chico que cruzaba la calle en rojo, en diagonal, con un libro bajo el brazo. No tenía nada de particular, era simplemente alguien que no respetaba los semáforos. Tenía un saco azul oscuro, demasiado abrigado para esa mañana. Treinta y tres años después todavía le hago carga con ese saco. Pasó al lado nuestro y dijo "perdón" sin mirarnos, como si nos hubiera empujado pero no nos había empujado. Carmen se rio. Yo no, creo que estaba demasiado a la defensiva en aquellos días para que cualquier desconocido me hiciera reír. Andrés siguió caminando. Pero a las dos cuadras se dio vuelta y volvió. Yo ya estaba sentada con Carmen en una banca, tomando café del termo. Se paró delante mío y dijo, con una voz que era más insegura que arrogante: "Disculpame. Te empujé." "No me empujaste." "Te quería empujar." La frase no tenía gracia. Yo lo digo siempre, cuando cuento esta historia, porque es la verdad: la frase no tenía gracia. Pero la cara con la que la dijo, sí. Era una cara tímida, casi avergonzada, como si fuera la primera vez en su vida que se animaba a decir algo así. Y probablemente lo era. Andrés no es un hombre de tirar líneas. Si no fue por esa decisión rara, volver dos cuadras, con el corazón en la boca, a decirle una boutade a una desconocida, probablemente nunca nos habríamos conocido. Carmen se levantó con el termo. "Voy un ratito al baño", dijo, y se fue. Era una mentira evidente, no había baño en la rambla, pero era la mentira que correspondía. Carmen, en sus tiempos buenos, sabe leer una situación. Andrés se sentó. Hablamos como cuarenta minutos. Después una hora y media. Después dos. Me contó que era ingeniero civil, que trabajaba en una constructora del Centro, que vivía solo en un departamento alquilado en Cordón. Yo le conté lo que había para contar, la escuela, los chicos, el IPA, mis padres. Tenía una manera de escuchar que hizo que yo terminara hablando más de lo que era mi costumbre con un desconocido. Carmen no volvió. Cuando me di cuenta ya eran las once y media de la mañana. Le pregunté a Andrés si podía caminar hasta el Buceo conmigo a comer algo. Dijo que sí. Caminamos. Comimos en la panadería de Carmen, sin Carmen, claro. Las medialunas estaban frías porque ya no era hora de desayuno. No me importó. Andrés me pidió el teléfono. Se lo di. Me llamó al día siguiente. Salimos a comer un martes. Lo presenté a mis padres a los tres meses, en mi familia se hacía rápido, y los tres se llevaron bien aunque mi padre se demoró diez años en demostrarlo. Andrés era distinto de todos los hombres que había conocido. Era práctico. Era paciente. Tenía una calma que en aquel momento me parecía aburrida y que treinta y tres años después agradezco todos los días. Lo que me sorprende, cuando lo cuento, es lo poco intrigante que es la historia. No hay choque romántico, no hay obstáculos, no hay drama. Una mañana de invierno, dos cuadras de regreso, una frase sin gracia. Y treinta y tres años después seguimos juntos, pelando el mismo limonero del balcón, comprando masas los sábados, repitiendo los rituales que armamos al principio sin mucha conciencia de que íbamos a repetirlos toda la vida. Si tuviera que decirle a mis nietos algo sobre cómo se conoce a alguien, no les diría que esperen una historia con drama. Les diría: prestá atención a quién se da vuelta y vuelve. La gente que vuelve es la gente.