Capítulo 10 de 30
Casamiento sin fiesta
Nos casamos un martes a las once de la mañana en el civil del centro. La fecha era el catorce de junio del noventa y cuatro. Habíamos estado de novios casi exactamente dos años. Andrés me había propuesto matrimonio en abril en un fin de semana en Punta Ballena. Yo le dije que sí mientras tomábamos un café en un bar feo de la ruta. No fue romántico el momento, fue exacto.
Elegimos un martes a propósito. Si era miércoles laborable la gente se quejaba; si era sábado coincidía con cumpleaños o casamientos de otros. Un martes a las once nos garantizaba un día limpio, sin connotaciones, sin que nadie tuviera que hacer milagros para venir. Y tampoco queríamos fiesta. Eso lo discutimos varias veces. La familia de Andrés esperaba una fiesta. Mis padres, no, mi padre nunca había sido de fiestas, mi madre tampoco. Carmen estaba dividida. Al final ganamos nosotros: no hubo fiesta. Almuerzo de seis personas en el Mercado Central.
Las seis personas fuimos: Andrés y yo, mis padres Antonio y Elena, Carmen, y mi tía Mirta de Salto. La hermana de Andrés, Natalia, iba a venir desde Buenos Aires. Le canceló el vuelo Aerolíneas Argentinas dos horas antes. Llamó por teléfono al apartamento donde yo estaba terminando de vestirme. Se disculpó cinco veces. Le dije que no se preocupara. Cuando colgué, me angustié, no por Natalia en sí, sino porque sentía que el casamiento iba a quedar incompleto sin ella. Andrés me dijo "está bien, igual nos casamos". Tenía razón.
El civil del centro era un edificio austero, con paredes verdes claras, una sala de espera con sillas de madera y un olor a cera de piso recién aplicada. Nos atendieron con la formalidad burocrática que corresponde. El juez de paz era un señor con bigote, cincuenta y tantos, que tenía un libro de registros muy viejo. Leyó las palabras de la ley con esa voz profesional de los que lo hicieron mil veces y todavía les importan.
Yo lloré sin querer en el medio. No de emoción, más bien de cierta vergüenza ajena por la solemnidad. Me daba vergüenza estar ahí, jurando algo que ya sabíamos los dos sin necesidad de jurarlo. Me parecía absurdo. Sin embargo el juez seguía leyendo, y mi madre lloraba bajito en el primer asiento, y Carmen me sonreía desde el segundo. Andrés me apretó la mano y susurró "está bien, faltan dos minutos". Esa frase me hizo reír y volver a llorar al mismo tiempo.
Cuando firmamos los papeles me sentí absurda otra vez, como cuando uno firma una factura del banco, la formalidad del trámite no hacía justicia al momento. Sin embargo, los seis aplaudimos cuando cerramos el libro. Mi padre aplaudió cuatro veces, cortas. Tía Mirta aplaudió con entusiasmo. Carmen, a su manera, con un grito chiquito.
Salimos a la calle Sarandí. Hacía sol, un sol de junio, fresco pero limpio. Caminamos los seis hasta el Mercado Central. Andrés me dijo "señora" y se rio. Mi padre, en la calle, hizo el gesto de la mano hacia mí. No dijo nada. El gesto significaba muchas cosas: felicitación, aprobación, "ahora ya está". Yo lo entendí. Le sonreí.
En el Mercado pidieron unas pastas y un vino tinto. La carta era simple, no había nada exquisito ni nada elaborado. Eran pastas bien hechas. El vino era un Don Pascual del año anterior. Carmen brindó "por Lucía y Andrés y por los martes a las once". Tía Mirta brindó "por los que no están y por los que sí". Mi madre brindó "por mi hija" y se le quebró la voz. Mi padre levantó la copa, no dijo nada, y tomó un trago largo.
Esa fue mi fiesta. Fue mucho.
En la sobremesa Andrés me agarró la mano debajo de la mesa. Me dijo, en voz baja, cerca del oído: "Hicimos lo que queríamos hacer." Yo le dije: "Sí." Y eso fue todo.
A las tres de la tarde nos despedimos en la puerta del Mercado. Mi madre, Tía Mirta y Carmen tomaron un taxi al apartamento. Mi padre se fue caminando a la oficina, había vuelto al trabajo dos meses antes, después de un retiro inicial fallido. Andrés y yo agarramos el ómnibus 124 hasta nuestro apartamento alquilado de Punta Carretas, donde habíamos vivido juntos desde marzo, ya casados sin papeles.
Esa noche cenamos sándwiches de jamón y queso. Vimos una película argentina en cable. No nos acostamos hasta tarde. La conversación de la sobremesa con Andrés se prolongó en el living, después en la cama. Hablamos de cómo iban a ser los próximos años. No sabíamos casi nada. Pero hablar de no saber, juntos, era una de las formas en que ya nos íbamos a acompañar.
Treinta y un años después, este capítulo se escribe desde ese mismo gesto: dos personas hablando de lo que no saben. Cambiaron las cosas que no sabemos. Cambió el lugar. Cambió todo lo que podía cambiar. Pero Andrés sigue al lado mío, todavía paciente, todavía práctico, todavía con la cabeza más calma que la mía. Si hay un casamiento que ha durado, es porque empezó sin fiesta. Es lo que pienso ahora. No tengo evidencia.