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Andrés en la Rambla, invierno del 92

Una mañana de junio del noventa y dos íbamos por la Rambla con Carmen, habíamos quedado en caminar hasta el Buceo y desayunar en algún lado. Yo tenía veinticinco años y dos meses dando clase, los pies cansados de los zapatos para trabajar, y un cierto desencanto general con los hombres que conocía, que era mi tema repetido de esos años. A la altura del Trouville había un semáforo. Yo iba mirando hacia el agua, distraída, cuando Carmen me agarró del brazo y me dijo "fijate". Crucé la mirada con un chico que cruzaba la calle en rojo, en diagonal, con un libro bajo el brazo. No era el cliché del que cruza con la guitarra ni con la prisa interesante; era simplemente alguien que no respetaba mucho los semáforos. Tenía un saco azul oscuro, demasiado abrigo para esa mañana. Pasó al lado nuestro y dijo "perdón" sin mirarnos, como si nos hubiera empujado pero no nos había empujado. Carmen se rio. Yo no. Andrés siguió caminando hasta que se dio vuelta dos cuadras después y volvió. Yo ya estaba sentada en una banca con Carmen tomando un café del termo. Se paró delante mío y dijo: "Disculpame. Te empujé." Yo le dije: "No me empujaste." Y él dijo: "Te quería empujar." No tenía gracia. La frase. La frase no tenía gracia. Pero la cara con la que la dijo, sí. La cara era tímida, casi avergonzada, como si fuera la primera vez en su vida que se animaba a decir algo así. Carmen se levantó con el termo y dijo "voy un ratito al baño" y se fue. Andrés se sentó. Hablamos como cuarenta minutos. Yo nunca llegué a desayunar al Buceo y todavía Carmen me carga con eso. Treinta y tres años después, cuando le cuento a alguien cómo conocí a Andrés, le digo: lo conocí porque se le ocurrió volver. Eso es lo que importa.

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Comentarios

  • CR

    Carmen Risso · Amiga del liceo

    No fue al baño. Fui a comprarme una medialuna a la esquina y a darles tiempo. Lo declaro acá oficialmente.