familiarAmigos
Casamiento sin fiesta
Nos casamos un martes a las once de la mañana en el civil del centro. La fecha era el catorce de junio del noventa y cuatro y elegimos martes a propósito, los dos: si no era miércoles laborable era sábado-cumpleaños-de-alguien, y nosotros queríamos un día sin connotaciones.
Fuimos seis. Andrés y yo, mis padres, Tía Mirta que vino desde Salto para el cumpleaños y se quedó dos días más, y Carmen. La hermana de Andrés iba a venir desde Buenos Aires pero le canceló el vuelo Aerolíneas Argentinas y nos enteramos por teléfono dos horas antes. Yo me angustié. Andrés me dijo "está bien, igual nos casamos".
El juez de paz era un señor con bigote que tenía un libro de registros muy viejo y una hoja de papel impresa con las palabras de la ley. Las leyó como si las hubiera leído mil veces y todavía le importaran. Yo lloré sin querer en el medio, no de emoción exactamente, más bien de cierta vergüenza ajena por la solemnidad del momento. Andrés me apretó la mano y me sonrió. Mi madre, que estaba en el primer asiento del pasillo, lloró todo el rato bajito, sin sonido. Mi padre estaba quieto. Tía Mirta sacó pañuelos para todos.
Cuando firmamos los papeles me sentí absurda, como cuando uno firma una factura del banco, la formalidad del trámite no hacía justicia al momento. Pero después salimos a la calle Sarandí, y había sol, y los seis caminamos hasta el Mercado Central a almorzar. Andrés me dijo "señora", y se rio. Mi padre, en la calle, hizo el gesto de la mano hacia mí. No dijo nada. El gesto significaba muchas cosas a la vez, como siempre.
En el Mercado pidieron unas pastas y un vino. Carmen brindó "por Lucía y Andrés y por los martes a las once". Tía Mirta brindó "por los que no están y por los que sí". Mi madre brindó "por mi hija" y se le quebró la voz. Mi padre levantó la copa, no dijo nada, y tomó un trago largo. Esa fue mi fiesta. Fue mucho.
Gente
Comentarios
Nadie comentó esta anécdota todavía.