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París en septiembre, dos mil diez
Llegamos a París con Andrés un martes a la noche y nos perdimos saliendo del aeropuerto. No era el plan perderse, el plan era tomar el tren al hotel, pero Andrés se confundió de andén y terminamos en una estación que no era. Yo tenía cincuenta y tres años, llevaba tres décadas dando clase en el mismo barrio del Cerro, y era la primera vez que estaba en Europa. Estaba aterrada y maravillada al mismo tiempo, una combinación que me agotaba.
El primer café lo tomamos al día siguiente en la rue de Rivoli. Yo había leído en una guía que era una calle pretenciosa para turistas, y lo era, pero a esa altura no me importaba, estaba en París tomando café con Andrés. Andrés tenía una libreta con el presupuesto de los doce días anotado en una columna. Yo me reía de la libreta. Él era ingeniero, no podía evitarlo.
Habíamos planeado ir al Louvre esa mañana. Estaba en la libreta, en la fila correspondiente al miércoles. Pero hicimos un café, nos quedamos otro, y al rato salimos a caminar Saint-Germain. No fuimos al Louvre. Tampoco al Pompidou, que estaba para el viernes. Tampoco a Orsay, que estaba para el domingo. Caminamos. Esa fue la decisión. Andrés tachó cada museo con una rayita mientras se reía. "Vinimos a caminar", dijo en algún momento, ya con varios cafés encima. Yo le dije: "Vinimos a estar afuera de Montevideo." Era cierto los dos.
El último día lo pasamos en un parque a la altura del Trocadéro. Comimos un sándwich de jamón y queso que costaba carísimo y estaba muy bueno. Andrés me dijo "el año que viene a Roma", como si fuera un anuncio. Y al año siguiente fuimos a Roma. La libreta del presupuesto tenía la columna llena de tachones, no fuimos a casi ningún museo previsto. Pero treinta años después, lo que recuerdo de París es ese café de la rue de Rivoli, no el Louvre.
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