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Roma, la pizzería de Trastevere

En Roma fuimos a una pizzería que se llamaba Da Marcello, en Trastevere, recomendada por una colega de Andrés. Era octubre, hacía frío para la época, y la pizzería tenía una mesa adentro y siete mesas afuera bajo un toldo verde. Nos sentamos adentro porque yo tenía las manos heladas. El camarero, un señor de unos sesenta, pelo blanco, con un delantal al que se le notaban veinte años de mancha, se nos acercó hablando en español. "¿De dónde son? ¿Argentinos?", preguntó con esa seguridad arrogante de los italianos que creen que todo el español es argentino. Andrés, antes de que yo pudiera contestar, dijo "uruguayos". El camarero hizo una mueca. "Lo mismo es", dijo. Andrés se sonrió pero le contestó en serio: "No es lo mismo." El camarero levantó las cejas, como ofendido, y se fue a buscar el menú. Yo me reí cuando se fue. Le dije a Andrés que no tenía sentido pelearse con un mozo italiano por geografía. Él me dijo que no era pelear, era aclarar. Y tenía razón a su manera. El camarero volvió, nos tomó el pedido, no nos miró a los ojos. Estaba ofendido. Pidió la pizza Marcello, que era la de la casa, jamón crudo y rúcula y queso, y una jarra de tinto de la casa. La pizza fue increíble. Yo no había comido una pizza así en mi vida y todavía no la comí, lo digo en serio: la masa era fina pero no quebradiza, el jamón era casi dulce, la rúcula tenía un toque amargo justo. Cuando el camarero vino a levantar los platos, le dije en mi mejor italiano de turista: "La migliore pizza." Le brillaron los ojos. Le dijo a Andrés, en español: "Le voy a traer un café de la casa, sin cargo." Y se fue. El café era un espresso doble cortado con grappa. Andrés y yo nos lo tomamos a la mitad cada uno y salimos a Trastevere borrachos como dos chicos. Esa noche caminamos hasta el Tíber riéndonos sin razón. Cuando me acuerdo de Roma, no me acuerdo del Coliseo. Me acuerdo de Da Marcello.

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