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Siete velas en una sola
El catorce de junio del veinticinco Joaquín cumplió siete años. La fiesta fue chica, Sofía, Mateo, Andrés, yo, Carmen que siempre se cuela en estos cumpleaños como si fuera tía, y dos compañeros del jardín con sus madres. Un cumple de los que apenas duran tres horas y dejan la casa de Sofía con globos pinchados y migas de torta en el sillón.
La torta la había hecho Andrés. Esto era un experimento. Andrés no cocina dulce, nunca, pero esta vez se había metido en la cabeza que él hacía la torta de chocolate de su nieto. Compró ingredientes, vio dos videos en YouTube, se puso un delantal de Sofía que le quedaba corto y se trancó en su cocina toda la mañana del sábado.
La torta salió un poco quemada por arriba, Andrés había puesto el horno demasiado fuerte, pero Joaquín no se dio cuenta, o si se dio no le importó. Cuando la trajimos con las velas encendidas, los siete números encimados que se compran ya armados, Joaquín hizo silencio absoluto y respiró tres veces antes de soplar. Sofía le decía "pedí un deseo, Joaco". Joaquín se concentró. Después sopló las siete velas en una sola exhalación y dijo, antes de que aplaudieramos: "porque soy fuerte".
Andrés se rió como hacía mucho que no lo veía reír, con el cuerpo entero, doblado hacia adelante, golpeándose el muslo con la palma como si fuera un tipo viejo en un boliche de campo. Yo lo miré y pensé en mi padre. Mi padre nunca se reía así. Hacía un gesto chiquito con la mano, una palmada sin ruido, y eso era su versión. Andrés tiene la otra clase de risa, la del sonido, y ahora Joaquín parece tener las dos.
Al final de la tarde, cuando se habían ido todos, Joaquín se acostó en el sillón con la barriga llena de torta y los labios marrones de chocolate. Lo tapamos con una manta. Sofía nos abrazó a Andrés y a mí en la puerta, cansada, contenta.
"Le diste una torta quemada", le dije a Andrés caminando al auto. "Hecha por mí", me corrigió. Tenía razón.
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