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Cincuenta y ocho

El dieciocho de febrero del veinticinco cumplí cincuenta y ocho. Andrés se levantó antes que yo, cosa rara, y cuando salí del baño la cocina ya estaba con olor a café y a tostado. Había puesto un mantel limpio, el de los cuadros amarillos que no usamos hace meses, y arriba dos tazas, el termo, una bandeja con tres medialunas y un sobre. El sobre era una tarjeta. La leí en el momento. Decía dos cosas, escritas con su letra inclinada de ingeniero: "feliz cumpleaños, Lucía" y "te invito a almorzar a Pocitos, doce y media". Nada más. Andrés no es de los que escriben mucho. Cuando lo hace, lo dice todo en dos renglones. A las diez sonó el teléfono. Carmen. Me cantó el feliz cumpleaños desafinada como siempre, se rio sola al final, y me dijo que el viernes me invitaba a tomar mate ella. A las once llamó Sofía, esta vez por video, con Joaquín asomado al costado de la pantalla con un dibujo en la mano. Era de mí, de Andrés y de él tomados de la mano arriba de un techo. No le pregunté por qué arriba de un techo. Mientras tomaba el café pensé en mi madre. Si estuviera viva tendría setenta y ocho. Murió a los cincuenta y cinco, tres años menos de los que yo cumplía esa mañana. Es una cuenta que hago cada tanto, no para entristecerme, sino para acordarme: de los cincuenta y cinco para acá camino sobre años que ella no conoció. La idea me da una clase rara de responsabilidad. A la una y cuarto, ya en el restaurante de Pocitos, Andrés me pasó una caja chica. Adentro había un anillo. No de oro ni de piedra, uno de plata oscura con una banda fina, hecho a mano, comprado en un puesto de la feria de Tristán Narvaja la semana anterior. "Te lo vi mirando hace un mes", me dijo. Es cierto. Lo vi. No me acordaba. A los cincuenta y ocho, una se acuerda menos de lo que mira. Pero alguien al lado tuyo sí, y eso, parece, también es una clase de matrimonio.

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