familiarSolo vos
Diez años sin él
El veintiuno de abril del veinticinco se cumplieron diez años de la muerte de mi padre. Andrés se ofreció a venir conmigo al cementerio. Le dije que no, gracias, prefería ir sola. Él entendió sin necesidad de explicación, eso es una de las cosas que no se enseñan en treinta años de matrimonio, se aprenden.
Fui a media mañana. Cementerio del Norte. La fila ocho, la lápida es gris claro con el apellido en letras simples, sin santos ni adornos, mi padre no hubiera querido un ángel ni una cruz extra. Llevé en la cartera un libro: "Operación Masacre", mi ejemplar viejo, el mismo que él me regaló para mis quince años con una dedicatoria que decía "leé esto despacio". Lo había releído tres veces. Tenía las puntas de las hojas dobladas en los pasajes que él me había marcado a lápiz hace décadas.
No me arrodillé ni me persigné, eso tampoco me sale. Me senté en el banco bajo el ciprés que está dos lápidas a la izquierda. Abrí el libro al azar y leí dos páginas en silencio. Cuando levanté la cara, había una señora mayor en la fila siete, con un ramo de claveles blancos. Nos saludamos con la cabeza. No nos hablamos. En los cementerios la gente se entiende sin hablar.
Antes de irme dejé el libro encima de la lápida. No porque pensara que se quedaría, alguien lo iba a sacar, o se mojaría con la lluvia de la noche, o un cuidador lo guardaría, sino porque me parecía justo dejárselo prestado un rato. Era de él antes de ser mío.
Volví a casa caminando. Cuarenta y cinco minutos. Pasé por la heladería de Punta Carretas, esa que tiene el cartel viejo de Conaprole, y compré un cucurucho de granizado, mi padre comía granizado los domingos, decía que era un sabor "decente, sin pretensiones". Me lo comí caminando. Cuando llegué a casa, Andrés tenía la pasta lista y el diario abierto en la página de policiales. No me preguntó cómo me había ido. Me sirvió pasta, me dio el diario, y comimos.
Diez años. La cuenta se hace sola. Lo que cambia es uno.
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