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Martín apareció un sábado

El veintidós de noviembre del veinticinco, sábado, las once de la mañana, sonó el portero. Yo estaba en la cocina pelando manzanas para una compota, algo que no hacía desde hacía meses pero esa mañana me había agarrado el deseo. Andrés estaba leyendo el diario en el living. Atendí pensando que era el almacenero con un pedido. Era Martín. Mi hijo, mi Martín, parado en el rellano con una mochila chica y la cara de alguien que se acaba de bajar de un avión. No nos había avisado. Vive en Madrid desde el dos mil veintidós y viene una vez al año, en febrero. Estábamos en noviembre. Él tenía pasaje, según supe después, desde el martes, pero no nos dijo nada porque "quiso aparecer". Lo abracé en la puerta como diez minutos. Hablo en serio. Cuando entró, Andrés ya estaba de pie en el living con el diario en la mano, y no dijo nada, hizo el gesto de mi padre, esa mano corta que significa todo, y después también lo abrazó. En esa casa los hombres se abrazan poco; cuando se abrazan, es porque algo importante pasó. No pasaba nada importante. Pasaba que Martín extrañaba la casa y se subió a un avión. Almorzó con nosotros la pasta que iba a hacer Andrés para él y para mí, ahora repartida en tres. A la tarde caminamos con él la rambla, Martín, Andrés y yo, desde Pocitos hasta el Parque Rodó. Me contó del trabajo. Me contó de un libro de Vila-Matas que estaba leyendo. Me preguntó por Joaquín y dijo que quería verlo el domingo. Andrés y él hablaron de fútbol diez minutos. Yo escuché. A la noche, ya en casa, después de la cena, Martín me ayudó a lavar los platos. Mientras secaba, me dijo: "vine porque me di cuenta de que hace meses que no me río igual, y me parecía que era acá". No le contesté. Le pasé otro plato. Se quedó cuatro días. Vio a Sofía, a Joaquín, a Carmen una tarde de mate. Hicimos las galletas con el vaso de mi madre, la primera vez que él las hacía conmigo en su vida adulta. Salieron veintinueve. Algunas óvalos rotos. Cuando se fue al aeropuerto, el miércoles de mañana, Andrés y yo nos quedamos en el comedor un rato largo en silencio. "Volvió a irse", dijo Andrés. "Volvió primero", le contesté. Eso fue noviembre.

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