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La Correspondencia

Correspondencia

Las cartas que entran y salen, anécdotas que tus amigos compartieron, y las que vos les enviaste.

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№ 01
↗ Enviadahace 1 mes

El verano sin mamá

Mi madre se murió en marzo del dos mil tres, después de un mes en cama. El verano que vino después fue el primer verano sin ella, y como siempre lo pasamos en La Paloma. Llegamos los cuatro, Andrés, Martín de ocho años, Sofía de cinco, y yo, el último sábado de enero del cuatro. La casa estaba como siempre. Las llaves estaban donde siempre, escondidas detrás de la maceta del aloe. Las sábanas en el armario olían un poco a humedad. Lo que pasó en La Paloma esos quince días me lo voy a acordar siempre porque fue el verano más raro de mi vida. No estaba triste, eso es lo más raro. Estaba como sin lugar. Mi madre no se moría de a poco; mi madre estaba muerta. Lo que pasaba era que la cocina estaba en silencio. Antes, cuando yo lavaba los platos, mi madre cantaba algo en la otra punta. No cantaba bien, tarareaba, más bien. Y siempre lo mismo: una vidalita que no pude identificar nunca, ni siquiera ahora con internet. Las primeras dos mañanas no me di cuenta. Lavaba los platos, me secaba las manos, salía a la galería. Era como cualquier verano. Pero a la tercera mañana, mientras enjuagaba un vaso, me di cuenta de que estaba esperando que sonara la vidalita y no sonaba. Ahí me senté en el banquito de la galería con las manos mojadas y lloré como una idiota durante quince minutos. Andrés vino. No me preguntó qué pasaba, supo. Se sentó al lado mío, no me abrazó ni nada, sabía que en ese estado un abrazo me hubiera hecho llorar más fuerte. Solo se quedó. Después se levantó, fue a la cocina, prendió la radio. Una emisora cualquiera, AM, con voces que no me importaban nada. Lo dejó así toda la mañana. Toda la mañana hubo ruido en la cocina, no la vidalita pero ruido, y eso me alcanzaba. Aprendí ese verano que la pérdida no es un evento, es un dato nuevo del paisaje. El primer verano sin alguien dura más que tres meses. Le dura toda la primera vez de cada cosa.

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№ 02
↗ Enviadahace 2 meses

Casamiento sin fiesta

Nos casamos un martes a las once de la mañana en el civil del centro. La fecha era el catorce de junio del noventa y cuatro y elegimos martes a propósito, los dos: si no era miércoles laborable era sábado-cumpleaños-de-alguien, y nosotros queríamos un día sin connotaciones. Fuimos seis. Andrés y yo, mis padres, Tía Mirta que vino desde Salto para el cumpleaños y se quedó dos días más, y Carmen. La hermana de Andrés iba a venir desde Buenos Aires pero le canceló el vuelo Aerolíneas Argentinas y nos enteramos por teléfono dos horas antes. Yo me angustié. Andrés me dijo "está bien, igual nos casamos". El juez de paz era un señor con bigote que tenía un libro de registros muy viejo y una hoja de papel impresa con las palabras de la ley. Las leyó como si las hubiera leído mil veces y todavía le importaran. Yo lloré sin querer en el medio, no de emoción exactamente, más bien de cierta vergüenza ajena por la solemnidad del momento. Andrés me apretó la mano y me sonrió. Mi madre, que estaba en el primer asiento del pasillo, lloró todo el rato bajito, sin sonido. Mi padre estaba quieto. Tía Mirta sacó pañuelos para todos. Cuando firmamos los papeles me sentí absurda, como cuando uno firma una factura del banco, la formalidad del trámite no hacía justicia al momento. Pero después salimos a la calle Sarandí, y había sol, y los seis caminamos hasta el Mercado Central a almorzar. Andrés me dijo "señora", y se rio. Mi padre, en la calle, hizo el gesto de la mano hacia mí. No dijo nada. El gesto significaba muchas cosas a la vez, como siempre. En el Mercado pidieron unas pastas y un vino. Carmen brindó "por Lucía y Andrés y por los martes a las once". Tía Mirta brindó "por los que no están y por los que sí". Mi madre brindó "por mi hija" y se le quebró la voz. Mi padre levantó la copa, no dijo nada, y tomó un trago largo. Esa fue mi fiesta. Fue mucho.

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№ 03
↗ Enviadahace 2 meses

Siete velas en una sola

El catorce de junio del veinticinco Joaquín cumplió siete años. La fiesta fue chica, Sofía, Mateo, Andrés, yo, Carmen que siempre se cuela en estos cumpleaños como si fuera tía, y dos compañeros del jardín con sus madres. Un cumple de los que apenas duran tres horas y dejan la casa de Sofía con globos pinchados y migas de torta en el sillón. La torta la había hecho Andrés. Esto era un experimento. Andrés no cocina dulce, nunca, pero esta vez se había metido en la cabeza que él hacía la torta de chocolate de su nieto. Compró ingredientes, vio dos videos en YouTube, se puso un delantal de Sofía que le quedaba corto y se trancó en su cocina toda la mañana del sábado. La torta salió un poco quemada por arriba, Andrés había puesto el horno demasiado fuerte, pero Joaquín no se dio cuenta, o si se dio no le importó. Cuando la trajimos con las velas encendidas, los siete números encimados que se compran ya armados, Joaquín hizo silencio absoluto y respiró tres veces antes de soplar. Sofía le decía "pedí un deseo, Joaco". Joaquín se concentró. Después sopló las siete velas en una sola exhalación y dijo, antes de que aplaudieramos: "porque soy fuerte". Andrés se rió como hacía mucho que no lo veía reír, con el cuerpo entero, doblado hacia adelante, golpeándose el muslo con la palma como si fuera un tipo viejo en un boliche de campo. Yo lo miré y pensé en mi padre. Mi padre nunca se reía así. Hacía un gesto chiquito con la mano, una palmada sin ruido, y eso era su versión. Andrés tiene la otra clase de risa, la del sonido, y ahora Joaquín parece tener las dos. Al final de la tarde, cuando se habían ido todos, Joaquín se acostó en el sillón con la barriga llena de torta y los labios marrones de chocolate. Lo tapamos con una manta. Sofía nos abrazó a Andrés y a mí en la puerta, cansada, contenta. "Le diste una torta quemada", le dije a Andrés caminando al auto. "Hecha por mí", me corrigió. Tenía razón.

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№ 04
↗ Enviadahace 3 meses

El día que mi padre aprobó a Andrés

Mi padre nunca dijo nada de Andrés. Ni bueno ni malo. Lo trataba con la misma cortesía contenida con la que trataba al panadero, al gasista, al cura del barrio cuando se cruzaban. Yo me angustiaba con eso, me parecía que su silencio era una desaprobación que no se animaba a decirme. Carmen me decía "tu padre no aprueba ni los días lluviosos, es de esa generación", y yo entendía pero no me servía. Estábamos viviendo todavía con mis padres. Era el verano del noventa y tres, marzo, un domingo a la siesta. Mi padre estaba en el patio con la podadora de mango largo, intentando cortar una rama del paraíso que le tapaba la galería. Andrés salió al patio porque acababa de llegar. Se quedó mirando un rato. Mi padre seguía dándole sin éxito, el mango era corto para esa rama. Andrés le preguntó si podía probar. Mi padre le pasó la podadora sin decir nada. La pasó como quien pasa una cuchara, sin ceremonia. Andrés cortó la rama al primer intento. Era ingeniero, sabía dónde estaba el punto de palanca. Le devolvió la podadora a mi padre y dijo "lista". Mi padre la guardó en el galponcito de las herramientas y volvió al sillón a leer el diario. No le agradeció a Andrés. Andrés no se lo esperaba. Yo presencié la escena desde la cocina, secándome las manos con el repasador como una pavota. Cuando Andrés entró, le pregunté qué le había dicho mi padre. "Nada", me dijo. "Me pasó la podadora y nada más." Yo le dije: "Te aprobó." Él no me entendió en ese momento. Lo entendió como dos años después, cuando ya estábamos casados y mi padre le pidió que lo ayudara a cambiar la cocina. Después de morir mi padre, Andrés me dijo una vez, casi como confesándose: "Tu padre era el hombre más afectuoso que conocí. Tardé como diez años en darme cuenta."

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№ 05
↗ Enviadahace 3 meses

Las galletas de Sofía

El once de mayo del veinticinco fue Día de la Madre y Sofía nos invitó a almorzar a su casa. Llegamos con Andrés a la una. Joaquín nos abrió la puerta con un delantal puesto, despeinado, con harina en la nariz. "Estamos haciendo galletas", anunció, como si fuera información de Estado. En la cocina, Sofía tenía la masa estirada arriba de la mesada. Y al lado de la masa, con vidrio grueso color verdoso, estaba el vaso de vermut que era de mi madre. El mismo vaso. Sofía se lo había llevado a su casa hace tres años, después de pedirme permiso, y desde entonces hace galletas con él los sábados. Yo no había venido nunca a verla hacerlas. "¿Me ayudás?", me dijo, sin mirarme. Le dije que sí. Sofía me pasó el vaso. Yo corté el primer círculo. Después me corrí y la dejé seguir a ella. Joaquín cortaba el segundo, mal, los círculos le salían óvalos rotos, como me pasaba a mí a los seis años, y Sofía le repetía la misma frase que mi madre me repetía a mí en mil novecientos setenta y tres: "más derecho el vaso, Joaco". Yo me quedé parada al costado de la mesada, mirando, sin decir que ya había escuchado esa frase otra vez en otra cocina. Las manos de Sofía son largas como las de mi madre. Los dedos finos, los nudillos un poco rojos del agua fría, heredó eso, y heredó también, sin saberlo, el modo de juntar los recortes de masa después de cada tanda para hacer un bollo nuevo. Yo lo hago igual. Mi madre lo hacía igual. Es la misma economía doméstica pasando por tres cocinas diferentes en sesenta años. Comimos las galletas de postre. Veintiocho salieron, contó Joaquín en voz alta. Algunas óvalos rotos. La mayoría redondas. Andrés se comió cinco. Yo me comí tres. Sofía dos. Antes de irnos le dije a Sofía, en voz baja, en la puerta de la cocina: "tus manos son las manos de la abuela". Sofía no contestó. Se le pusieron rojos los ojos. Después se dio vuelta y siguió levantando los platos. Hay regalos que no se hacen, se descubren.

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№ 06
↗ Enviadahace 3 meses

Andrés en la Rambla, invierno del 92

Una mañana de junio del noventa y dos íbamos por la Rambla con Carmen, habíamos quedado en caminar hasta el Buceo y desayunar en algún lado. Yo tenía veinticinco años y dos meses dando clase, los pies cansados de los zapatos para trabajar, y un cierto desencanto general con los hombres que conocía, que era mi tema repetido de esos años. A la altura del Trouville había un semáforo. Yo iba mirando hacia el agua, distraída, cuando Carmen me agarró del brazo y me dijo "fijate". Crucé la mirada con un chico que cruzaba la calle en rojo, en diagonal, con un libro bajo el brazo. No era el cliché del que cruza con la guitarra ni con la prisa interesante; era simplemente alguien que no respetaba mucho los semáforos. Tenía un saco azul oscuro, demasiado abrigo para esa mañana. Pasó al lado nuestro y dijo "perdón" sin mirarnos, como si nos hubiera empujado pero no nos había empujado. Carmen se rio. Yo no. Andrés siguió caminando hasta que se dio vuelta dos cuadras después y volvió. Yo ya estaba sentada en una banca con Carmen tomando un café del termo. Se paró delante mío y dijo: "Disculpame. Te empujé." Yo le dije: "No me empujaste." Y él dijo: "Te quería empujar." No tenía gracia. La frase. La frase no tenía gracia. Pero la cara con la que la dijo, sí. La cara era tímida, casi avergonzada, como si fuera la primera vez en su vida que se animaba a decir algo así. Carmen se levantó con el termo y dijo "voy un ratito al baño" y se fue. Andrés se sentó. Hablamos como cuarenta minutos. Yo nunca llegué a desayunar al Buceo y todavía Carmen me carga con eso. Treinta y tres años después, cuando le cuento a alguien cómo conocí a Andrés, le digo: lo conocí porque se le ocurrió volver. Eso es lo que importa.

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№ 07
↗ Enviadahace 6 meses

El primer beso, en una vereda de Pocitos

El primer beso me lo dio un chico que se llamaba Pablo, en una vereda de Pocitos, después de un cumpleaños. Yo tendría dieciséis. El cumpleaños era de una compañera del liceo que ya no recuerdo cuál era, la memoria elige, y eligió otra cosa. Pablo era un año más grande, iba al Vázquez Acevedo, tenía la chaqueta de cuero de su padre. Lo recuerdo por la chaqueta, no por la cara. La cara se me borró, lo que es injusto, pero la chaqueta no, olía a cigarro, a un tabaco específico que también fumaba mi padre. Cuando me besó, lo primero que pensé no fue "qué emoción" ni "qué romántico"; pensé en mi padre. No me pareció una asociación graciosa en ese momento. Me pareció una asociación grave, casi obscena, y me alejé de Pablo más rápido de lo que la situación pedía. Pablo no entendió. Probablemente pensó que yo era una chica que no quería ser besada, lo que no era exactamente cierto. Le dije que tenía que volver a casa, que mi padre me esperaba, lo cual era falso porque a mi padre no le importaba a qué hora llegaba, y caminé las seis cuadras hasta la parada del ómnibus sola, con la chaqueta de Pablo en el cuerpo donde la había sentido, y un olor a cigarro que no era ni mío ni de Pablo ni de mi padre, sino de los tres a la vez. Nunca volví a salir con Pablo. Una vez lo vi de lejos en el shopping, ya pasados los cuarenta los dos, y me hizo gracia darme cuenta de que no me importaba. Pero la lección, si hay una lección, es esta: los sentidos no respetan ocasiones. Te plantan una memoria del padre adentro de un beso de adolescencia y te toca a vos hacer algo con eso, no a ellos. Y si te apurás a juzgarlos, te perdés el beso.

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№ 08
↗ Enviadahace 6 meses

El cuaderno marmolado

En el liceo Bauzá teníamos que llevar un cuaderno por materia. Tapas marmoladas, hoja rayada, etiqueta en la tapa con el nombre y la materia escritos a mano. Yo era obsesiva con la prolijidad de las etiquetas. Las hacía con regla y lapicera bic cristal azul, las letras en imprenta, perfectas. Carmen, que se sentaba al lado mío, hacía las suyas con birome común y le quedaban torcidas. Un día Carmen me robó el cuaderno de literatura, o lo "tomó prestado", como decía ella, y le rayó toda la etiqueta con un dibujo de un perro que parecía un gato. "Para que te despeines un poco", me dijo. Yo me puse a llorar de bronca. Tendría quince años. Mi madre, cuando le conté, no me consoló. Me miró por encima de los anteojos y me dijo: "Hija, las cosas perfectas son las primeras que se rompen. Mejor que pase ya." Esa noche borré las etiquetas perfectas que me quedaban y las hice con birome común, torcidas. Carmen sigue siendo mi mejor amiga, cuarenta y cinco años después.

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