Mi madre Elena hacía galletas todos los sábados a la mañana. Galletas de campo, de las que se hinchan en el horno y dejan ese olor a manteca tibia que se queda en la cocina hasta el lunes. Yo tendría seis o siete años y mi tarea era cortar la masa con un vaso al revés. El vaso era de vidrio grueso, de los que en esa época se usaban para tomar vermut, y dejaba un círculo perfecto en la masa. Mi madre se reía cuando yo apretaba demasiado y la masa se salía por los costados.
Lo raro es lo que recuerdo más nítido: no las galletas, sino el ruido del vaso al apoyarse en la mesada de mármol. Tac. Tac. Tac. Como un metrónomo, con el ritmo de los sábados.
Cuando murió, en el dos mil tres, lo primero que pensé fue en el vaso. Lo busqué en su cocina y lo encontré en el mismo cajón de siempre, junto a la cuchara de palo. Me lo traje. Hace galletas Sofía ahora, con el mismo vaso, los sábados, en mi cocina. Joaquín apenas llega y ya pregunta por ellas.
Mi padre Antonio era un hombre de pocas palabras. Trabajaba de contador en el molino de Tacuarembó y volvía a casa cada tarde a las siete con el diario bajo el brazo. Se sentaba en el sillón de cuero del living, abría el diario, y leía. No es que no nos hablara: nos hablaba cuando hacía falta, lo justo. Cuando algo lo conmovía, hacía un gesto con la mano, una especie de movimiento corto, como espantando una mosca, y eso quería decir muchas cosas distintas.
Una vez, yo tendría doce años, lo encontré llorando en silencio en la cocina. No me vio entrar. Estaba sentado de espaldas y le temblaban los hombros, sin ruido. Yo me quedé ahí, parada en la puerta, sin saber qué hacer. Cuando él se dio vuelta y me vio, hizo el gesto de la mano. "Está bien, dejá", me dijo. Y eso fue todo.
Nunca supe por qué lloraba. Murió en el dos mil quince y todavía no sé. Pero a veces, cuando alguno de mis hijos está mal y no me cuenta, hago el mismo gesto sin darme cuenta y entiendo a mi padre por primera vez.
En el liceo Bauzá teníamos que llevar un cuaderno por materia. Tapas marmoladas, hoja rayada, etiqueta en la tapa con el nombre y la materia escritos a mano. Yo era obsesiva con la prolijidad de las etiquetas. Las hacía con regla y lapicera bic cristal azul, las letras en imprenta, perfectas. Carmen, que se sentaba al lado mío, hacía las suyas con birome común y le quedaban torcidas.
Un día Carmen me robó el cuaderno de literatura, o lo "tomó prestado", como decía ella, y le rayó toda la etiqueta con un dibujo de un perro que parecía un gato. "Para que te despeines un poco", me dijo. Yo me puse a llorar de bronca. Tendría quince años.
Mi madre, cuando le conté, no me consoló. Me miró por encima de los anteojos y me dijo: "Hija, las cosas perfectas son las primeras que se rompen. Mejor que pase ya." Esa noche borré las etiquetas perfectas que me quedaban y las hice con birome común, torcidas. Carmen sigue siendo mi mejor amiga, cuarenta y cinco años después.
Sofía nació en el noventa y ocho y los primeros tres meses no durmió m ás de dos horas seguidas. Yo estaba destruida. Andrés trabajaba en una obra en Punta del Este y volvía los viernes a la noche; toda la semana estábamos los tres solos: Martín que tenía tres años, la beba, y yo.
La primera vez que Sofía durmió ocho horas de corrido fue una noche de octubre. Me acuerdo porque cuando me desperté y miré el reloj eran las siete de la mañana y entré en pánico. Salí corriendo a la cuna pensando lo peor. Sofía estaba ahí, dormida, con la respiración tranquila. La toqué para asegurarme y abrió los ojos un segundo, me miró, y se volvió a dormir.
Me senté en el piso al lado de la cuna y lloré. No de alegría, de cansancio acumulado. De que el cuerpo entendiera por fin que ya estaba. Cuando Andrés volvió ese viernes y le conté, me abrazó y se quedó un rato sin decir nada. Esa fue la única vez en toda mi vida adulta que lloré así, de cansancio puro.
El liceo Bauzá quedaba a quince cuadras de mi casa y yo iba a pie con el guardapolvo blanco que mi madre había planchado tres veces el domingo a la noche. Tendría doce años, casi trece. La cuadra de la entrada estaba llena de chicas que se conocían entre sí del año anterior y yo no conocía a nadie, eso me parecía la peor parte, peor que las cuentas o que el examen de ingreso. Me senté en el primer banco que encontré libre y abrí el cuaderno marmolado para hacer algo, lo que sea, mientras esperaba.
Carmen llegó tarde. Llegó tarde el primer día y llegó tarde casi todos los días de los seis años de liceo, y eso ya hablaba de quién era. Se sentó al lado mío sin preguntar y se acordó de que no tenía birome. "¿Me prestás?", me dijo. Tenía dos. Le di la mejor.
Le pregunté de dónde venía y me dijo "del Cordón también" y entonces ya éramos casi amigas. Esa primera mañana no aprendimos nada de matemáticas, la profesora nos hizo presentarnos una por una, como si fuéramos algo nuevo cada una, y la mayoría dijo cosas obvias: nombre, edad, escuela donde había venido. Carmen, cuando le tocó, dijo que su pasatiempo favorito era "molestar". La profesora no se rio. Yo sí, pero por dentro.
Volví caminando con Carmen hasta la calle Constituyente, después cada una agarró para su lado. No me había dado cuenta de que tenía la birome todavía hasta que me senté a la mesa en casa. Mi madre me vio dudar y me preguntó qué pasaba. Le dije que le había prestado una birome a una chica nueva y no me la había devuelto. "Mañana te la devuelve", dijo, sin levantar la vista del puchero. Y tenía razón. Pero también tenía razón otra cosa que no dijo: que esa birema iba a volver, y la chica también, todos los días durante cuarenta y cinco años.
En tercero de liceo tuve un profesor de literatura que se llamaba Brac co. Ya tenía como sesenta y daba clase desde antes de que existiera la enseñanza media tal como la conocíamos, eso decía él, con orgullo, como si la edad fuera un mérito. Una vez por semana nos leía a Onetti en voz alta. No nos hacía leerlo a nosotros: él lo leía. Decía que Onetti había que escucharlo antes de leerlo.
Lo que hacía Bracco era detenerse en una palabra. Una sola, en medio de un párrafo, y la masticaba, la decía dos veces, con voz distinta cada vez, hasta que la palabra dejaba de parecer una palabra y empezaba a parecer un objeto que él tenía en la mano y nos mostraba. Me acuerdo de una en particular. Estaba leyendo un fragmento de "El astillero" y se detuvo en "atónito". La dijo. Después se quedó callado mirando la palabra como si no se la creyera. La volvió a decir. Y entonces, sin levantar la vista, dijo: "Esta palabra hay que respetarla. No la usen para cualquier sorpresa. Onetti la guardó para esto."
Yo no entendí del todo en ese momento, pero lo entendí después. Lo entendí cuando di clase mucho tiempo después y un alumno me dijo que su perro estaba "atónito" porque le habían cortado el pelo, y yo me reí, no del alumno, de la palabra, que estaba en el lugar equivocado. Pensé en Bracco. Le hubiera dado risa también.
Bracco se murió hace años. La biblioteca del liceo lleva su nombre, lo que está bien, aunque a él, que era de los que ironizaban con las honras, probablemente le hubiera dado vergüenza. Pero la palabra "atónito" me pertenece desde el setenta y dos, y eso es algo que no se muere.
El primer beso me lo dio un chico que se llamaba Pablo, en una vereda de Pocitos, después de un cumpleaños. Yo tendría dieciséis. El cumpleaños era de una compañera del liceo que ya no recuerdo cuál era, la memoria elige, y eligió otra cosa.
Pablo era un año más grande, iba al Vázquez Acevedo, tenía la chaqueta de cuero de su padre. Lo recuerdo por la chaqueta, no por la cara. La cara se me borró, lo que es injusto, pero la chaqueta no, olía a cigarro, a un tabaco específico que también fumaba mi padre. Cuando me besó, lo primero que pensé no fue "qué emoción" ni "qué romántico"; pensé en mi padre. No me pareció una asociación graciosa en ese momento. Me pareció una asociación grave, casi obscena, y me alejé de Pablo más rápido de lo que la situación pedía.
Pablo no entendió. Probablemente pensó que yo era una chica que no quería ser besada, lo que no era exactamente cierto. Le dije que tenía que volver a casa, que mi padre me esperaba, lo cual era falso porque a mi padre no le importaba a qué hora llegaba, y caminé las seis cuadras hasta la parada del ómnibus sola, con la chaqueta de Pablo en el cuerpo donde la había sentido, y un olor a cigarro que no era ni mío ni de Pablo ni de mi padre, sino de los tres a la vez.
Nunca volví a salir con Pablo. Una vez lo vi de lejos en el shopping, ya pasados los cuarenta los dos, y me hizo gracia darme cuenta de que no me importaba. Pero la lección, si hay una lección, es esta: los sentidos no respetan ocasiones. Te plantan una memoria del padre adentro de un beso de adolescencia y te toca a vos hacer algo con eso, no a ellos. Y si te apurás a juzgarlos, te perdés el beso.
El día del examen de ingreso al IPA mi padre me llevó. No le pedí que me llevara, lo decidió él, sin anuncio. A las siete y media de la mañana ya estaba con su saco gris y los zapatos lustrados, parado en la cocina, leyendo el diario como cualquier día. Cuando salí del baño me dijo "te llevo" y yo dije "está bien".
Fuimos en el ómnibus 124. Subimos en Maldonado y nos bajamos en Soriano. En todo el viaje no me dijo nada. No es que no me hablara, me hablaba si yo le hablaba. Pero él entendía, sin que se lo explicara nadie, que en el viaje a un examen no se le habla a la persona que rinde. Yo iba con el cuaderno en la falda, leyendo apuntes que ya no entraban, y él iba leyendo el diario al lado mío como si fuéramos dos personas distintas que casualmente compartían el ómnibus.
Cuando bajamos, caminamos hasta la puerta del IPA. Había chicos por todos lados, chicas más bien, muchas con la madre. Yo iba con mi padre, que era una rareza visual. En la puerta él se paró. No me abrazó ni me dijo "suerte". Me miró, hizo el gesto de la mano, el suyo, el que después yo iba a hacer también sin darme cuenta, y dijo: "Está bien. Andá."
Adentro me fue bien. Aprobé. Me acuerdo más del viaje en ómnibus que del examen. Cuando salí, dos horas después, mi padre estaba parado del otro lado de la calle, con el diario doblado bajo el brazo. Cruzó la calle hacia mí, no lo contrario, y me dijo "vamos a tomar un café". Era la única vez en mi vida que me invitó a tomar un café fuera de casa. Yo tenía dieciocho años. Me llevó a una confitería en Yi y Soriano, pidió dos cafés con leche y dos medialunas. Cuando los trajeron, levantó la suya hacia mí, no como un brindis, más bien como un saludo distraído, y empezó a leer el diario. Yo me tomé el café con leche en silencio, mirando hacia la calle, agradeciéndole sin decírselo.
Mi primer año en la escuela del Cerro fue malo. Lo digo así porque fue así. Tenía un grupo de tercero con veintiocho chicos, la mayoría de la zona, y yo tenía veintitrés años recién recibida del IPA, con todas las teorías frescas y ninguna calle bajo los pies. Las primeras semanas pensé que me había equivocado de profesión.
Había una alumna, Valentina, que no avanzaba. No es que no estudiara, estudiaba, se la veía esforzarse, mordía la birome hasta dejarla marcada. Pero las sumas no entraban. Yo le explicaba en el pizarrón con tres colores distintos, le explicaba con palitos en el cuaderno, le explicaba con peras y manzanas dibujadas, y nada. Una tarde la encontré llorando en el patio, sola, con la merienda sin tocar.
La hice quedar después de clase. La senté en su banco y nos pusimos a hacer sumas otra vez. Nada. La cara se le ponía roja, casi se enojaba con ella misma. Yo no sabía qué hacer. Me levanté para ir a buscar algo en el cajón del escritorio, no me acuerdo qué, y al pasar por el banco, vi en el suelo varias tapitas de gaseosa que algún chico había estado coleccionando. Eran amarillas y rojas, de Coca y de Fanta.
No sé por qué se me ocurrió. Las junté. Le puse cuatro tapitas amarillas en un lado del banco, tres rojas en el otro. "Si tenés cuatro Cocas y te dan tres Fantas, ¿cuántos refrescos tenés?". Valentina las miró, las contó con la mano, y dijo "siete". Yo le sonreí. Le puse cinco amarillas y cuatro rojas. "Nueve". Le puse seis y cinco. "Once". Estaba sumando.
No era que Valentina no supiera sumar. Era que yo no sabía enseñarle. Esa noche en el ómnibus de vuelta a casa pensé: a esta chica le voy a enseñar todo el año en tapitas de gaseosa si hace falta. Y eso hice. Para fin de año pasaba pruebas como cualquier otra. Treinta años después, en mi último día como maestra, ella, ya adulta, ya madre, vino a la despedida con un paquete envuelto. Eran las mismas tapitas, guardadas en una caja de costura. Lloré como una idiota.
La escuela quedaba en una calle empinada del Cerro, dos cuadras de Car los María Ramírez, y para llegar tenía que tomar dos ómnibus. El día anterior había planchado el guardapolvo blanco con tanto almidón que cuando me lo puse en la mañana parecía cartón. Tenía veintitrés años y los zapatos sin estrenar, los nuevos para empezar a trabajar, decía mi madre, "que se vea que es serio". Salieron una hora antes de que me convenía y todavía llegué con tiempo.
Diego, el director, me esperaba en la puerta con un mate. Me lo ofreció. Yo no tomaba mate a las siete y media de la mañana, pero entendí que negarse era la peor primera impresión posible, así que tomé un sorbo. Estaba amargo. "Es así acá", me dijo Diego, y me dio una palmada corta en el hombro y me llevó al aula.
Los chicos de tercero entraron en manada. Veintiocho. Algunos venían de la mano de las madres, otros venían solos como si ya fueran adultos en miniatura. Me miraron a la vez como un cuerpo único, un animal de muchas cabezas que decidía si yo le caía bien o no. Me tembló la voz cuando dije "buenos días" y a uno se le escapó una risa. La risa contagió a otro. A un tercero ya no.
No me acuerdo de la primera lección que di. Me acuerdo de la cara de un chico de la última fila que tenía los ojos muy abiertos como si yo le estuviera contando algo importante. Después supe que era miope y no veía el pizarrón, pero ese día me hizo bien, yo creía que estaba diciendo cosas que valían la pena, y él me lo confirmaba.
Cuando sonó el timbre del recreo me senté en la silla y respiré hondo. Diego asomó la cabeza por la puerta. "¿Cómo te fue?", me preguntó. Yo le dije la verdad: "No tengo idea." Se rio y me dijo "ahora venite a tomar otro mate".
Era el segundo año en el Cerro. Tenía un alumno, no voy a poner su nombre porque cuando me reencontré con él hace un par de años me pidió que no, que no leía. No es que le costara: no leía. Las palabras escritas no le entraban. Decía que las letras se le movían en la página, como si fueran hormigas. Yo le creía a medias.
Le hice repetir lo de las hormigas tres veces. La cuarta, ya con paciencia, le pregunté: ¿se mueven mucho o se mueven poquito? Y me dijo "mucho, mucho, sobre todo cuando está la luz fuerte". Algo en esa respuesta me hizo dudar. Le pedí permiso para llamar a la madre.
La madre vino al día siguiente, con la cartera apretada en el regazo, esperando lo peor. Le pregunté si el chico veía bien. Me miró como si la pregunta fuera de otra galaxia. "Ve igual que vos y que yo", me dijo. Le dije que tal vez no estaría de más una visita al oculista. La madre se ofendió primero, después se ablandó. Después fueron.
El chico tenía menos seis y menos siete dioptrías. La oculista, una señora del Hospital Pereira Rosell, le dijo a la madre que cómo no se habían dado cuenta antes. La madre lloró todo el camino de vuelta, me lo contó después, ya con tiempo. Decía que se había sentido la peor madre del mundo por no haber visto que su hijo no veía.
Yo le dije lo único cierto que se me ocurrió: que él tampoco sabía lo que era ver. No tenía con qué comparar. Para él, así eran las letras desde siempre, y las hormigas eran una explicación posible. Una vez con anteojos, le encantó leer. Lo último que supe es que da clases de matemáticas en un liceo. La lección que me quedó es que la primera pregunta no es nunca "por qué no rinde", es "qué está viendo".
Una mañana de junio del noventa y dos íbamos por la Rambla con Carmen, habíamos quedado en caminar hasta el Buceo y desayunar en algún lado. Yo tenía veinticinco años y dos meses dando clase, los pies cansados de los zapatos para trabajar, y un cierto desencanto general con los hombres que conocía, que era mi tema repetido de esos años.
A la altura del Trouville había un semáforo. Yo iba mirando hacia el agua, distraída, cuando Carmen me agarró del brazo y me dijo "fijate". Crucé la mirada con un chico que cruzaba la calle en rojo, en diagonal, con un libro bajo el brazo. No era el cliché del que cruza con la guitarra ni con la prisa interesante; era simplemente alguien que no respetaba mucho los semáforos. Tenía un saco azul oscuro, demasiado abrigo para esa mañana.
Pasó al lado nuestro y dijo "perdón" sin mirarnos, como si nos hubiera empujado pero no nos había empujado. Carmen se rio. Yo no. Andrés siguió caminando hasta que se dio vuelta dos cuadras después y volvió. Yo ya estaba sentada en una banca con Carmen tomando un café del termo. Se paró delante mío y dijo: "Disculpame. Te empujé." Yo le dije: "No me empujaste." Y él dijo: "Te quería empujar."
No tenía gracia. La frase. La frase no tenía gracia. Pero la cara con la que la dijo, sí. La cara era tímida, casi avergonzada, como si fuera la primera vez en su vida que se animaba a decir algo así. Carmen se levantó con el termo y dijo "voy un ratito al baño" y se fue. Andrés se sentó. Hablamos como cuarenta minutos. Yo nunca llegué a desayunar al Buceo y todavía Carmen me carga con eso.
Treinta y tres años después, cuando le cuento a alguien cómo conocí a Andrés, le digo: lo conocí porque se le ocurrió volver. Eso es lo que importa.
Mi padre nunca dijo nada de Andrés. Ni bueno ni malo. Lo trataba con la misma cortesía contenida con la que trataba al panadero, al gasista, al cura del barrio cuando se cruzaban. Yo me angustiaba con eso, me parecía que su silencio era una desaprobación que no se animaba a decirme. Carmen me decía "tu padre no aprueba ni los días lluviosos, es de esa generación", y yo entendía pero no me servía.
Estábamos viviendo todavía con mis padres. Era el verano del noventa y tres, marzo, un domingo a la siesta. Mi padre estaba en el patio con la podadora de mango largo, intentando cortar una rama del paraíso que le tapaba la galería. Andrés salió al patio porque acababa de llegar. Se quedó mirando un rato. Mi padre seguía dándole sin éxito, el mango era corto para esa rama. Andrés le preguntó si podía probar. Mi padre le pasó la podadora sin decir nada. La pasó como quien pasa una cuchara, sin ceremonia.
Andrés cortó la rama al primer intento. Era ingeniero, sabía dónde estaba el punto de palanca. Le devolvió la podadora a mi padre y dijo "lista". Mi padre la guardó en el galponcito de las herramientas y volvió al sillón a leer el diario. No le agradeció a Andrés. Andrés no se lo esperaba.
Yo presencié la escena desde la cocina, secándome las manos con el repasador como una pavota. Cuando Andrés entró, le pregunté qué le había dicho mi padre. "Nada", me dijo. "Me pasó la podadora y nada más."
Yo le dije: "Te aprobó."
Él no me entendió en ese momento. Lo entendió como dos años después, cuando ya estábamos casados y mi padre le pidió que lo ayudara a cambiar la cocina. Después de morir mi padre, Andrés me dijo una vez, casi como confesándose: "Tu padre era el hombre más afectuoso que conocí. Tardé como diez años en darme cuenta."
Nos casamos un martes a las once de la mañana en el civil del centro. La fecha era el catorce de junio del noventa y cuatro y elegimos martes a propósito, los dos: si no era miércoles laborable era sábado-cumpleaños-de-alguien, y nosotros queríamos un día sin connotaciones.
Fuimos seis. Andrés y yo, mis padres, Tía Mirta que vino desde Salto para el cumpleaños y se quedó dos días más, y Carmen. La hermana de Andrés iba a venir desde Buenos Aires pero le canceló el vuelo Aerolíneas Argentinas y nos enteramos por teléfono dos horas antes. Yo me angustié. Andrés me dijo "está bien, igual nos casamos".
El juez de paz era un señor con bigote que tenía un libro de registros muy viejo y una hoja de papel impresa con las palabras de la ley. Las leyó como si las hubiera leído mil veces y todavía le importaran. Yo lloré sin querer en el medio, no de emoción exactamente, más bien de cierta vergüenza ajena por la solemnidad del momento. Andrés me apretó la mano y me sonrió. Mi madre, que estaba en el primer asiento del pasillo, lloró todo el rato bajito, sin sonido. Mi padre estaba quieto. Tía Mirta sacó pañuelos para todos.
Cuando firmamos los papeles me sentí absurda, como cuando uno firma una factura del banco, la formalidad del trámite no hacía justicia al momento. Pero después salimos a la calle Sarandí, y había sol, y los seis caminamos hasta el Mercado Central a almorzar. Andrés me dijo "señora", y se rio. Mi padre, en la calle, hizo el gesto de la mano hacia mí. No dijo nada. El gesto significaba muchas cosas a la vez, como siempre.
En el Mercado pidieron unas pastas y un vino. Carmen brindó "por Lucía y Andrés y por los martes a las once". Tía Mirta brindó "por los que no están y por los que sí". Mi madre brindó "por mi hija" y se le quebró la voz. Mi padre levantó la copa, no dijo nada, y tomó un trago largo. Esa fue mi fiesta. Fue mucho.
Martín nació un domingo de octubre del noventa y cinco a las cuatro y media de la mañana. Nos despertamos con las contracciones a la una. Andrés se vistió primero, después me ayudó a vestirme a mí. Había llovido toda la noche y la calle estaba mojada cuando salimos. Manejó él. No tenía sentido que manejara yo, claro, pero me acuerdo que en algún momento del trayecto pensé "qué bueno que él sepa manejar bien" y me dio risa pensar en eso justo en ese momento.
En el sanatorio Andrés hizo lo que se hacía entonces: se sentó en una sala con una revista vieja del Caras y Caretas. "Los hombres molestan ahí adentro", le había dicho la partera, y él le creyó. Yo lo miraba de a ratos por una puerta entreabierta, me parecía absurdo que estuviera tan lejos para algo tan cerca. Pero esa era la época y nadie discutía esas cosas.
Martín lloró antes de salir. Tuve esa sensación rarísima de ya conocerlo de oído. Cuando me lo pusieron arriba, mojado, las manos chiquitas se le abrieron y se cerraron como si estuviera ensayando algo. La partera me dijo "es un varón hermoso" y yo no podía hablar todavía. Asentí.
Andrés entró cinco minutos después. Le tembló la mano cuando lo agarró. Le tembló como nunca le había visto temblar. Lo apoyó contra el pecho y se puso a llorar, lloraba sin sonido, así como lloraba mi padre, y a mí me dio una ternura que me cambió algo adentro para siempre. Yo siempre había pensado en Andrés como un hombre práctico, paciente, calmo. Esa noche aprendí que también era ese otro.
Le pusimos Martín por mi suegro, que había muerto el año anterior. Andrés me había preguntado si me molestaba. Yo le dije que no me molestaba, lo cual era cierto pero también era poco, me parecía bien, me parecía justo, me parecía lo que correspondía. Treinta años después Martín vive en Madrid y trabaja en cosas que su abuelo no entendería, pero el nombre sigue siendo el de mi suegro y eso me sigue gustando.
Sofía tenía dos meses cuando pasó. Martín, que tenía tres años recién cumplidos, había sido un hermano modelo en los primeros días. La miraba con curiosidad, le tocaba los pies, le preguntaba a Andrés "¿esta es Sofía?" cada vez que entraba a la pieza, como si necesitara confirmar que seguía siendo la misma. Yo creí que íbamos a zafar de la fase clásica de los celos.
Nos zafamos no.
Una tarde de noviembre del noventa y ocho yo le estaba dando de mamar a Sofía en el sillón del living. Martín jugaba con un camioncito a mis pies, sin mirarme. Era la siesta de Andrés. La casa estaba tranquila. De repente Martín dejó el camioncito y caminó hasta el dormitorio donde estaba la cuna de Sofía. Lo seguí con la mirada porque era raro, él nunca iba solo a esa pieza. Se quedó parado al lado de la cuna mirándola un rato largo.
Y se hizo pis encima.
No fue un escape involuntario. Lo hizo a propósito. La pierna del pantalón de gabardina se le mojó hasta abajo y los zapatos quedaron con un charquito. Yo me quedé congelada con Sofía en brazos, sin saber si reír o ponerme firme. Martín se dio vuelta y me miró desafiante, casi orgulloso. Y dijo: "Es muy chica para llegar."
Esa frase la recordé toda mi vida. La dijo con autoridad, como un veredicto. Yo no me reí en el momento, lo abracé, lo limpié, le expliqué que Sofía no había llegado para sacarle nada a él. Pero esa noche cuando le conté a Andrés se rio diez minutos. La frase, decía. La frase es de novela.
Martín tiene treinta años ahora y no se acuerda de ese día. Sofía no lo sabe. Es una de esas cosas que voy a dejarles cuando ya no estemos.
Mi madre se murió en marzo del dos mil tres, después de un mes en cama. El verano que vino después fue el primer verano sin ella, y como siempre lo pasamos en La Paloma. Llegamos los cuatro, Andrés, Martín de ocho años, Sofía de cinco, y yo, el último sábado de enero del cuatro. La casa estaba como siempre. Las llaves estaban donde siempre, escondidas detrás de la maceta del aloe. Las sábanas en el armario olían un poco a humedad.
Lo que pasó en La Paloma esos quince días me lo voy a acordar siempre porque fue el verano más raro de mi vida. No estaba triste, eso es lo más raro. Estaba como sin lugar. Mi madre no se moría de a poco; mi madre estaba muerta. Lo que pasaba era que la cocina estaba en silencio. Antes, cuando yo lavaba los platos, mi madre cantaba algo en la otra punta. No cantaba bien, tarareaba, más bien. Y siempre lo mismo: una vidalita que no pude identificar nunca, ni siquiera ahora con internet.
Las primeras dos mañanas no me di cuenta. Lavaba los platos, me secaba las manos, salía a la galería. Era como cualquier verano. Pero a la tercera mañana, mientras enjuagaba un vaso, me di cuenta de que estaba esperando que sonara la vidalita y no sonaba. Ahí me senté en el banquito de la galería con las manos mojadas y lloré como una idiota durante quince minutos.
Andrés vino. No me preguntó qué pasaba, supo. Se sentó al lado mío, no me abrazó ni nada, sabía que en ese estado un abrazo me hubiera hecho llorar más fuerte. Solo se quedó. Después se levantó, fue a la cocina, prendió la radio. Una emisora cualquiera, AM, con voces que no me importaban nada. Lo dejó así toda la mañana. Toda la mañana hubo ruido en la cocina, no la vidalita pero ruido, y eso me alcanzaba.
Aprendí ese verano que la pérdida no es un evento, es un dato nuevo del paisaje. El primer verano sin alguien dura más que tres meses. Le dura toda la primera vez de cada cosa.
Llegamos a París con Andrés un martes a la noche y nos perdimos salien do del aeropuerto. No era el plan perderse, el plan era tomar el tren al hotel, pero Andrés se confundió de andén y terminamos en una estación que no era. Yo tenía cincuenta y tres años, llevaba tres décadas dando clase en el mismo barrio del Cerro, y era la primera vez que estaba en Europa. Estaba aterrada y maravillada al mismo tiempo, una combinación que me agotaba.
El primer café lo tomamos al día siguiente en la rue de Rivoli. Yo había leído en una guía que era una calle pretenciosa para turistas, y lo era, pero a esa altura no me importaba, estaba en París tomando café con Andrés. Andrés tenía una libreta con el presupuesto de los doce días anotado en una columna. Yo me reía de la libreta. Él era ingeniero, no podía evitarlo.
Habíamos planeado ir al Louvre esa mañana. Estaba en la libreta, en la fila correspondiente al miércoles. Pero hicimos un café, nos quedamos otro, y al rato salimos a caminar Saint-Germain. No fuimos al Louvre. Tampoco al Pompidou, que estaba para el viernes. Tampoco a Orsay, que estaba para el domingo. Caminamos. Esa fue la decisión. Andrés tachó cada museo con una rayita mientras se reía. "Vinimos a caminar", dijo en algún momento, ya con varios cafés encima. Yo le dije: "Vinimos a estar afuera de Montevideo." Era cierto los dos.
El último día lo pasamos en un parque a la altura del Trocadéro. Comimos un sándwich de jamón y queso que costaba carísimo y estaba muy bueno. Andrés me dijo "el año que viene a Roma", como si fuera un anuncio. Y al año siguiente fuimos a Roma. La libreta del presupuesto tenía la columna llena de tachones, no fuimos a casi ningún museo previsto. Pero treinta años después, lo que recuerdo de París es ese café de la rue de Rivoli, no el Louvre.
En Roma fuimos a una pizzería que se llamaba Da Marcello, en Trastever e, recomendada por una colega de Andrés. Era octubre, hacía frío para la época, y la pizzería tenía una mesa adentro y siete mesas afuera bajo un toldo verde. Nos sentamos adentro porque yo tenía las manos heladas.
El camarero, un señor de unos sesenta, pelo blanco, con un delantal al que se le notaban veinte años de mancha, se nos acercó hablando en español. "¿De dónde son? ¿Argentinos?", preguntó con esa seguridad arrogante de los italianos que creen que todo el español es argentino. Andrés, antes de que yo pudiera contestar, dijo "uruguayos". El camarero hizo una mueca. "Lo mismo es", dijo. Andrés se sonrió pero le contestó en serio: "No es lo mismo." El camarero levantó las cejas, como ofendido, y se fue a buscar el menú.
Yo me reí cuando se fue. Le dije a Andrés que no tenía sentido pelearse con un mozo italiano por geografía. Él me dijo que no era pelear, era aclarar. Y tenía razón a su manera.
El camarero volvió, nos tomó el pedido, no nos miró a los ojos. Estaba ofendido. Pidió la pizza Marcello, que era la de la casa, jamón crudo y rúcula y queso, y una jarra de tinto de la casa.
La pizza fue increíble. Yo no había comido una pizza así en mi vida y todavía no la comí, lo digo en serio: la masa era fina pero no quebradiza, el jamón era casi dulce, la rúcula tenía un toque amargo justo. Cuando el camarero vino a levantar los platos, le dije en mi mejor italiano de turista: "La migliore pizza." Le brillaron los ojos. Le dijo a Andrés, en español: "Le voy a traer un café de la casa, sin cargo." Y se fue.
El café era un espresso doble cortado con grappa. Andrés y yo nos lo tomamos a la mitad cada uno y salimos a Trastevere borrachos como dos chicos. Esa noche caminamos hasta el Tíber riéndonos sin razón. Cuando me acuerdo de Roma, no me acuerdo del Coliseo. Me acuerdo de Da Marcello.
Mi padre se murió en el dos mil quince un martes a las cuatro y veinte de la tarde. Estaba internado hacía dos semanas en el sanatorio Británico. No estaba sufriendo en el sentido convencional, era el cuerpo el que se iba apagando, no el dolor el que ganaba. Yo lo iba a ver todos los días después de la escuela, y los fines de semana me quedaba la mañana entera.
Los últimos días casi no hablaba. No es que estuviera inconsciente, entendía lo que pasaba, asentía, aceptaba el agua que le ofrecíamos. Pero las palabras le costaban demasiado y eligió, supongo, no usarlas para tonterías. Esa selección fue muy de mi padre. La muerte no le cambió el carácter; lo concentró.
Andrés se quedó con él unas horas conmigo el martes. Para el mediodía se fue a hacer un trámite del sanatorio y yo me quedé sola en la habitación. Mi padre tenía los ojos cerrados pero no estaba dormido, yo le veía la respiración corta y entrecortada. Le agarré la mano. Estaba caliente todavía, lo que era raro porque ya tenía mucho tiempo así.
Le dije, sin pensarlo: "Está bien, papá. Andá."
Él abrió los ojos. Me miró. Hizo el gesto de la mano, una vez más, esa última vez, con la mano libre, la que yo no le tenía agarrada, y dijo: "Está bien, dejá."
Cerró los ojos. Respiró tres veces. La cuarta no la respiró.
Me quedé un rato larguísimo sin moverme. Después llamé a la enfermera. Cuando vino Andrés no tuve que decirle nada, me miró y supo. Esa noche le conté el detalle del gesto y de la frase a Sofía, que vino corriendo desde el diario. Lloramos las dos.
Lo que aprendí ese martes, y me lo digo como un mantra desde entonces, es que el silencio no se hereda, se traduce. Mi padre, que casi no me había hablado en cincuenta años, en su última frase me devolvió la frase con la que me había acompañado toda la vida. La traduje yo. Probablemente la sigo traduciendo.
La última reunión de coordinación que me tocó fue en marzo del veintic uatro. Yo ya tenía la jubilación tramitada, la había pedido en diciembre y me la habían aprobado a principios de febrero, pero como las clases empezaban en marzo y yo iba a hacer un mes de transición, me sumé a la reunión inaugural igual.
Era en la biblioteca de la escuela, alrededor de las dos mesas que junta la portera para estas ocasiones. Café con leche de termo, galletitas industriales en un plato, una decena de maestras y dos maestros nuevos. Diego, el director, el mismo Diego, sí, treinta y cuatro años después, con el pelo blanco y una barriga que no tenía cuando me recibió con el mate amargo, tenía un cuaderno con apuntes. Habló de los nuevos lineamientos, del calendario de fechas patrias, de la prueba diagnóstica que iba a aplicarse en abril.
Yo apenas anoté nada. Las maestras nuevas anotaban todo, hasta lo que no hacía falta. Me daba ternura ver cómo subrayaban frases, cómo usaban marcadores de tres colores. Yo había hecho lo mismo en el noventa.
Al final, cuando estaba por levantarse Diego, dijo "una cosa más". Hizo una pausa. "Lucía termina este mes". Las maestras nuevas no entendieron, para ellas yo era una cara entre las otras. Las dos veteranas asintieron. Diego me miró, no dijo nada más, y siguió: "Y bueno". Y dejó esa frase ahí, suspendida, como si fuera el resumen de algo que no se podía decir mejor.
Yo me sonreí adentro. "Y bueno" era la frase con la que Diego había cerrado treinta y cuatro años de reuniones. Su muletilla. Yo le había hecho carga con eso muchas veces. Que ese día hubiera elegido cerrar mi salida con la misma frase me pareció, entendí en el momento, el regalo más exacto que podía haberme hecho. No me dijo lindas palabras. Me dijo lo que decía siempre. Eso fue mi homenaje.
El último día de marzo del veinticuatro me hicieron una despedida. No la había pedido, al contrario, le había dicho a Diego que prefería irme sin ceremonia, "como si fuera un viernes cualquiera". No me hizo caso. Diego nunca me había hecho caso en nada, así que esto no fue novedad.
A las once de la mañana me sacaron del aula con una excusa boba, había un padre supuestamente buscándome para un tema de su hijo. Cuando volví, la sala de profesores estaba decorada con guirnaldas de papel hechas por los chicos de tercero. Estaban todos. Las maestras, los dos maestros, Diego con un saco que no le había visto nunca, los chicos de mi grupo formados en el medio, la señora del comedor. Hubo un aplauso largo.
Los chicos me hicieron un álbum. Cada uno había hecho una hoja con un dibujo y una frase. Algunos eran preciosos, otros eran horribles, todos me gustaron. Pero hubo uno que me partió en dos. Era de una chica nueva, había llegado dos meses antes, y me había dibujado una flor con seis pétalos. Debajo, en lápiz rojo, había escrito "gracias por las tapitas".
Yo no le había contado a esa chica la historia de Valentina. La habría sabido por contagio, supongo, alguien le habría dicho, la historia de las tapitas era ya un mito menor de la escuela del Cerro, una de esas cosas que se transmiten entre maestras como si fueran una receta. Pero esa chica, sin saberlo, me había escrito la frase exacta que treinta años antes me había marcado el oficio.
No pude hablar. Diego, viéndome ahogada, dijo "y bueno" otra vez, siempre lo mismo, ese hombre, y cortó la situación con una broma sobre que las despedidas iban a hacer mal a los chicos. Después de eso vino el chocolate caliente y yo recuperé la voz. Pero esa flor con la palabra "gracias" la guardé. Está en un cajón de mi escritorio, donde Joaquín no llega.
Sofía me trae a Joaquín los miércoles. Es un acuerdo que viene desde que él tenía dos años. Sofía trabaja en la redacción del Observador y los miércoles tiene cierre tarde, así que lo levanta del jardín y lo trae acá a las doce. Comemos los tres, Andrés, Joaquín y yo, y Sofía se va. Joaquín se queda toda la tarde, hasta que ella vuelve a buscarlo a las siete.
Hace unos meses, Joaquín, que ya tiene seis, descubrió mi escritorio. El escritorio de cuando era maestra, lleno de cuadernos viejos, lápices que me regalaron alumnos en distintos años, una caja de costura, sellos. Le encantó. Me preguntó si podía dibujar ahí. Le dije que sí, pero le advertí que no tocara el cajón de la izquierda, que tenía cosas guardadas.
Joaquín respeta el cajón. No lo abre. Es un nene formal en eso, le tengo confianza. Lo que sí hace es copiar mi firma. La copia con una bic cristal en hojas blancas. La primera vez me la mostró riéndose; le había salido tres veces, en un papelito que me trajo a la cocina. Yo lo miré y me sorprendí: la firma era casi idéntica.
"¿Cómo aprendiste?", le pregunté.
"Te miro cuando firmás cosas", me dijo. "Hago lo mismo."
Esa noche le conté a Andrés. Andrés me dijo "tu nieto te va a falsificar el testamento" y se rio solo de su chiste. Yo guardé la hoja con las tres firmas en el cajón de la izquierda, ese mismo cajón en el que está la flor de la chica de tercero. La puse arriba de todo, como si fuera un certificado de algo que todavía no sé qué es.
A veces, cuando estoy escribiendo en este Anecdotario y firmo al final de algo, un comentario, un mail al banco, no importa, me acuerdo de Joaquín mirándome. Me da risa pensar que mi firma, la marca más pequeña que hago, ya tiene quien la herede. Esa es una clase de inmortalidad doméstica con la que yo no había contado.
Joaquín, esto te lo escribo en marzo del veintiséis. Tenés siete años. Estás abajo, en el patio, con tu abuelo Andrés y un balde de agua, jugando a algo que requiere mucho equipamiento y poca explicación. Yo te miro desde la cocina por la ventana y se me ocurre una cosa rara: ¿cómo te vas a acordar de mí cuando tengas treinta años?
Esto es para vos en el dos mil cuarenta y seis, cuando yo ya no esté. Capaz no soy yo la que me preocupa, tenés vidas de sobra para acordarte de la gente que conociste. Es esto otro: hay cosas chicas que una abuela quiere dejar y no se transmiten solas. Tienen que escribirse.
Una. El vaso de los sábados. Tu mamá te va a hacer galletas con un vaso de vermut viejo, vidrio grueso, de los que ya no se hacen. Es el vaso de mi madre. Me lo traje cuando ella murió. Tu mamá se lo va a llevar cuando yo me muera. Te lo va a pasar a vos cuando ella se muera. No lo rompas. No lo guardes en un cajón especial. Usalo. Hacé galletas con tu hijo o tu hija o quien sea, cualquier sábado. Es ese tipo de objeto.
Dos. Carmen. Si en el veintinueve, treinta, cuarenta, todavía hay una señora que te llame Joaquín y se ría de cosas que no parecen graciosas, esa es Carmen. Cuidala. Es de las que vienen de antes y entienden cosas de mí que ni yo sé que sé.
Tres. Esto que parece tonto: las palabras hay que respetarlas. Te lo dijo a mí un profesor en mil novecientos ochenta y dos sobre la palabra "atónito". Es cierto. No las uses por usar. Hay palabras que están guardadas en alguien que las dijo bien una vez. Cuando las usés, fijate qué decís.
Cuatro. Si en el peor momento de tu vida no sabés qué hacer ni qué decir, hacé el gesto de la mano que hago yo cuando estás triste. Es el de mi padre. Significa muchas cosas a la vez. La principal: está bien.
Eso es todo, Joaquín. Te quiero más de lo que te voy a decir nunca en voz alta, esa es otra herencia, la del exceso de pudor. Vení a almorzar el miércoles que viene. Te hago las galletas con el vaso.
Andrés y yo veraneamos en La Paloma desde antes de tener hijos. Alquilamos siempre la misma casa, una de techo de tejas con el patio al fondo, y vamos los primeros quince días de enero. En el dos mil veinticuatro fue mi primer enero como jubilada. Llegamos un sábado a la tarde después de manejar tres horas, descargamos el auto, y yo me senté en el banco del patio mientras Andrés ordenaba la cocina.
El sol se estaba yendo y el cielo se puso de ese color que solo tiene el atardecer en la costa este, un naranja que se vuelve rosa y después violeta sin que te des cuenta. Yo no había hecho nada. No tenía planificación de clase para preparar. No tenía corrección de pruebas pendiente. No tenía reunión de coordinación al lunes. Por primera vez en treinta y cuatro años, no tenía nada.
Me quedé mirando ese cielo hasta que se hizo de noche. Lloré un poco, sin ruido. Andrés salió al patio con dos copas de vino blanco y se sentó al lado mío sin decir nada. "Ya está", me dijo. "Ya está", le respondí.
El dieciocho de febrero del veinticinco cumplí cincuenta y ocho. Andrés se levantó antes que yo, cosa rara, y cuando salí del baño la cocina ya estaba con olor a café y a tostado. Había puesto un mantel limpio, el de los cuadros amarillos que no usamos hace meses, y arriba dos tazas, el termo, una bandeja con tres medialunas y un sobre.
El sobre era una tarjeta. La leí en el momento. Decía dos cosas, escritas con su letra inclinada de ingeniero: "feliz cumpleaños, Lucía" y "te invito a almorzar a Pocitos, doce y media". Nada más. Andrés no es de los que escriben mucho. Cuando lo hace, lo dice todo en dos renglones.
A las diez sonó el teléfono. Carmen. Me cantó el feliz cumpleaños desafinada como siempre, se rio sola al final, y me dijo que el viernes me invitaba a tomar mate ella. A las once llamó Sofía, esta vez por video, con Joaquín asomado al costado de la pantalla con un dibujo en la mano. Era de mí, de Andrés y de él tomados de la mano arriba de un techo. No le pregunté por qué arriba de un techo.
Mientras tomaba el café pensé en mi madre. Si estuviera viva tendría setenta y ocho. Murió a los cincuenta y cinco, tres años menos de los que yo cumplía esa mañana. Es una cuenta que hago cada tanto, no para entristecerme, sino para acordarme: de los cincuenta y cinco para acá camino sobre años que ella no conoció. La idea me da una clase rara de responsabilidad.
A la una y cuarto, ya en el restaurante de Pocitos, Andrés me pasó una caja chica. Adentro había un anillo. No de oro ni de piedra, uno de plata oscura con una banda fina, hecho a mano, comprado en un puesto de la feria de Tristán Narvaja la semana anterior. "Te lo vi mirando hace un mes", me dijo. Es cierto. Lo vi. No me acordaba.
A los cincuenta y ocho, una se acuerda menos de lo que mira. Pero alguien al lado tuyo sí, y eso, parece, también es una clase de matrimonio.
El veintiuno de abril del veinticinco se cumplieron diez años de la mu erte de mi padre. Andrés se ofreció a venir conmigo al cementerio. Le dije que no, gracias, prefería ir sola. Él entendió sin necesidad de explicación, eso es una de las cosas que no se enseñan en treinta años de matrimonio, se aprenden.
Fui a media mañana. Cementerio del Norte. La fila ocho, la lápida es gris claro con el apellido en letras simples, sin santos ni adornos, mi padre no hubiera querido un ángel ni una cruz extra. Llevé en la cartera un libro: "Operación Masacre", mi ejemplar viejo, el mismo que él me regaló para mis quince años con una dedicatoria que decía "leé esto despacio". Lo había releído tres veces. Tenía las puntas de las hojas dobladas en los pasajes que él me había marcado a lápiz hace décadas.
No me arrodillé ni me persigné, eso tampoco me sale. Me senté en el banco bajo el ciprés que está dos lápidas a la izquierda. Abrí el libro al azar y leí dos páginas en silencio. Cuando levanté la cara, había una señora mayor en la fila siete, con un ramo de claveles blancos. Nos saludamos con la cabeza. No nos hablamos. En los cementerios la gente se entiende sin hablar.
Antes de irme dejé el libro encima de la lápida. No porque pensara que se quedaría, alguien lo iba a sacar, o se mojaría con la lluvia de la noche, o un cuidador lo guardaría, sino porque me parecía justo dejárselo prestado un rato. Era de él antes de ser mío.
Volví a casa caminando. Cuarenta y cinco minutos. Pasé por la heladería de Punta Carretas, esa que tiene el cartel viejo de Conaprole, y compré un cucurucho de granizado, mi padre comía granizado los domingos, decía que era un sabor "decente, sin pretensiones". Me lo comí caminando. Cuando llegué a casa, Andrés tenía la pasta lista y el diario abierto en la página de policiales. No me preguntó cómo me había ido. Me sirvió pasta, me dio el diario, y comimos.
Diez años. La cuenta se hace sola. Lo que cambia es uno.
El once de mayo del veinticinco fue Día de la Madre y Sofía nos invitó a almorzar a su casa. Llegamos con Andrés a la una. Joaquín nos abrió la puerta con un delantal puesto, despeinado, con harina en la nariz. "Estamos haciendo galletas", anunció, como si fuera información de Estado.
En la cocina, Sofía tenía la masa estirada arriba de la mesada. Y al lado de la masa, con vidrio grueso color verdoso, estaba el vaso de vermut que era de mi madre. El mismo vaso. Sofía se lo había llevado a su casa hace tres años, después de pedirme permiso, y desde entonces hace galletas con él los sábados. Yo no había venido nunca a verla hacerlas.
"¿Me ayudás?", me dijo, sin mirarme.
Le dije que sí. Sofía me pasó el vaso. Yo corté el primer círculo. Después me corrí y la dejé seguir a ella. Joaquín cortaba el segundo, mal, los círculos le salían óvalos rotos, como me pasaba a mí a los seis años, y Sofía le repetía la misma frase que mi madre me repetía a mí en mil novecientos setenta y tres: "más derecho el vaso, Joaco". Yo me quedé parada al costado de la mesada, mirando, sin decir que ya había escuchado esa frase otra vez en otra cocina.
Las manos de Sofía son largas como las de mi madre. Los dedos finos, los nudillos un poco rojos del agua fría, heredó eso, y heredó también, sin saberlo, el modo de juntar los recortes de masa después de cada tanda para hacer un bollo nuevo. Yo lo hago igual. Mi madre lo hacía igual. Es la misma economía doméstica pasando por tres cocinas diferentes en sesenta años.
Comimos las galletas de postre. Veintiocho salieron, contó Joaquín en voz alta. Algunas óvalos rotos. La mayoría redondas. Andrés se comió cinco. Yo me comí tres. Sofía dos.
Antes de irnos le dije a Sofía, en voz baja, en la puerta de la cocina: "tus manos son las manos de la abuela". Sofía no contestó. Se le pusieron rojos los ojos. Después se dio vuelta y siguió levantando los platos.
Hay regalos que no se hacen, se descubren.
El catorce de junio del veinticinco Joaquín cumplió siete años. La fiesta fue chica, Sofía, Mateo, Andrés, yo, Carmen que siempre se cuela en estos cumpleaños como si fuera tía, y dos compañeros del jardín con sus madres. Un cumple de los que apenas duran tres horas y dejan la casa de Sofía con globos pinchados y migas de torta en el sillón.
La torta la había hecho Andrés. Esto era un experimento. Andrés no cocina dulce, nunca, pero esta vez se había metido en la cabeza que él hacía la torta de chocolate de su nieto. Compró ingredientes, vio dos videos en YouTube, se puso un delantal de Sofía que le quedaba corto y se trancó en su cocina toda la mañana del sábado.
La torta salió un poco quemada por arriba, Andrés había puesto el horno demasiado fuerte, pero Joaquín no se dio cuenta, o si se dio no le importó. Cuando la trajimos con las velas encendidas, los siete números encimados que se compran ya armados, Joaquín hizo silencio absoluto y respiró tres veces antes de soplar. Sofía le decía "pedí un deseo, Joaco". Joaquín se concentró. Después sopló las siete velas en una sola exhalación y dijo, antes de que aplaudieramos: "porque soy fuerte".
Andrés se rió como hacía mucho que no lo veía reír, con el cuerpo entero, doblado hacia adelante, golpeándose el muslo con la palma como si fuera un tipo viejo en un boliche de campo. Yo lo miré y pensé en mi padre. Mi padre nunca se reía así. Hacía un gesto chiquito con la mano, una palmada sin ruido, y eso era su versión. Andrés tiene la otra clase de risa, la del sonido, y ahora Joaquín parece tener las dos.
Al final de la tarde, cuando se habían ido todos, Joaquín se acostó en el sillón con la barriga llena de torta y los labios marrones de chocolate. Lo tapamos con una manta. Sofía nos abrazó a Andrés y a mí en la puerta, cansada, contenta.
"Le diste una torta quemada", le dije a Andrés caminando al auto. "Hecha por mí", me corrigió. Tenía razón.
El veintidós de septiembre del veinticinco, primer día de primavera, C armen y yo caminamos la rambla de Pocitos a las cinco de la tarde. Lo hicimos por costumbre. La costumbre se inventó hace doce años, después de la muerte del marido de Carmen, cuando ella necesitó algo que no fuera quedarse en su casa los lunes a la tarde y yo le ofrecí caminar. Lo seguimos haciendo cuatro veces por año, en cada equinoccio y solsticio, sin haber decidido que era una tradición. Solo lo seguimos haciendo.
El día estaba fresco, una primavera todavía con olor a invierno. Carmen llevaba el saco de lana azul que se compró el año pasado y un termo de café, Carmen no toma mate los lunes, dice que el mate es para los viernes con amigas, y los lunes son para café. Yo iba con campera ligera y los anteojos oscuros. Caminamos desde el monumento a los Pocitos hasta el final de la playa, después dimos la vuelta. Una hora y media, poco más.
Hablamos poco. Eso es lo que tiene Carmen, puede caminar una hora con vos sin sentir necesidad de llenar el silencio. Habla cuando hay algo que decir. Cuando no hay, mira el río. La gente joven no entiende que esa es la forma más alta de amistad: estar callado al lado de alguien sin ponerse incómodo.
Lo único que me dijo, en la mitad del camino, mirando hacia el río, fue: "treinta y siete años desde el liceo". Yo le contesté "treinta y ocho, si contás el primer día". Carmen se rio. "Treinta y ocho", repitió. Después seguimos caminando.
Cuando volvimos al banco donde habíamos empezado, Carmen sacó del bolsillo del saco una bolsita de papel con dos alfajores. Los habíamos comprado hacía diez minutos en el almacén de la esquina. Nos sentamos a comerlos.
"Te imaginás otra vida?", me preguntó.
"No", le dije.
"Yo tampoco", me dijo.
Esa fue toda la conversación seria del equinoccio. Volvimos cada una a su casa. Andrés estaba escuchando un partido por radio y me preguntó "qué tal la rambla". "Fría", le dije. "Linda", agregué. Eso fue todo.
Hay tardes que no necesitan más.
El veintidós de noviembre del veinticinco, sábado, las once de la maña na, sonó el portero. Yo estaba en la cocina pelando manzanas para una compota, algo que no hacía desde hacía meses pero esa mañana me había agarrado el deseo. Andrés estaba leyendo el diario en el living. Atendí pensando que era el almacenero con un pedido.
Era Martín.
Mi hijo, mi Martín, parado en el rellano con una mochila chica y la cara de alguien que se acaba de bajar de un avión. No nos había avisado. Vive en Madrid desde el dos mil veintidós y viene una vez al año, en febrero. Estábamos en noviembre. Él tenía pasaje, según supe después, desde el martes, pero no nos dijo nada porque "quiso aparecer".
Lo abracé en la puerta como diez minutos. Hablo en serio. Cuando entró, Andrés ya estaba de pie en el living con el diario en la mano, y no dijo nada, hizo el gesto de mi padre, esa mano corta que significa todo, y después también lo abrazó. En esa casa los hombres se abrazan poco; cuando se abrazan, es porque algo importante pasó.
No pasaba nada importante. Pasaba que Martín extrañaba la casa y se subió a un avión.
Almorzó con nosotros la pasta que iba a hacer Andrés para él y para mí, ahora repartida en tres. A la tarde caminamos con él la rambla, Martín, Andrés y yo, desde Pocitos hasta el Parque Rodó. Me contó del trabajo. Me contó de un libro de Vila-Matas que estaba leyendo. Me preguntó por Joaquín y dijo que quería verlo el domingo. Andrés y él hablaron de fútbol diez minutos. Yo escuché.
A la noche, ya en casa, después de la cena, Martín me ayudó a lavar los platos. Mientras secaba, me dijo: "vine porque me di cuenta de que hace meses que no me río igual, y me parecía que era acá".
No le contesté. Le pasé otro plato.
Se quedó cuatro días. Vio a Sofía, a Joaquín, a Carmen una tarde de mate. Hicimos las galletas con el vaso de mi madre, la primera vez que él las hacía conmigo en su vida adulta. Salieron veintinueve. Algunas óvalos rotos.
Cuando se fue al aeropuerto, el miércoles de mañana, Andrés y yo nos quedamos en el comedor un rato largo en silencio. "Volvió a irse", dijo Andrés.
"Volvió primero", le contesté.
Eso fue noviembre.